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2021

Valeria Sol Groisman

Licenciada en Comunicación, periodista y docente universitaria. Cursó la Maestría en Periodismo de Clarín y la Universidad de San Andrés con una beca al mérito académico. Trabajó en el diario La Nación y como periodista free lance. Fue redactora de discurso político en una de las principales consultoras de comunicación pública. Dictó clases en Taller, Escuela, Agencia (TEA), la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (UCES), la Universidad Favaloro y la Universidad de Belgrano (UB). Es asesora pedagógica del área de e-learning en la Universidad Favaloro y coordinadora del curso online Método No Dieta (Nutrinfo.com) y de la Certificación No Dieta. Es coautora de El ABC de la obesidad (Sanidad) y Más que un cuerpo (Aguilar), y colaboradora de Obesidad: encrucijadas y abordajes (Akadia)
También dirige WI Social Media & Content Agency, donde asesora a empresas e instituciones; Academia Abierta, un centro de divulgación científica y cultural; y es la secretaría de Cultura, Adultos y Adultos mayores en la Sociedad Hebraica Argentina. Investiga la relación entre los medios de comunicación, el lugar de la mujer en la sociedad y los ideales de belleza y perfección.

Psicosis monotemática: ¿cómo escapar del runrún en medio de una pandemia?

“Sólo quienes están en situación de confrontar los hechos que conocen con las mentiras del día pueden saber hasta dónde llega el estado de desinformación. Un hombre que jamás mire un periódico estará mejor informado que quienes lo leen, por lo mismo que quien no sabe nada está más cerca de la verdad que quien tiene la mente repleta de falsedades y errores”.
Thomas Jefferson

Mientras escribo estas líneas, en el mundo entero hay un único tema de conversación: coronavirus, coronavirus, coronavirus. Hemos vivido otras epidemias y pandemias -Gripe H1N1, ébola, SARS, MERS-, pero esta es inédita en todo sentido: en los últimos 100 años ninguna ha cobrado semejante dimensión. Somos todos -sin distinción de raza, género, edad, nacionalidad- protagonistas de un distópico capítulo de la serie Black Mirror. En pocas semanas hemos sido testigos de cómo nuestra vida cambió drásticamente: de repente somos parte de una realidad que claramente no elegimos y hay poco que podamos hacer al respecto. La información, que es sin dudas un bien valioso en tiempos de pandemia, es de las pocas cosas sobre las que sí podemos tener injerencia y que pueden salvarnos de caer en una psicosis monotemática. 
En esta columna me voy a referir a la repercusión mediática del coronavirus (sin dejar de tener en cuenta el costo sanitario, social y económico, por supuesto) porque me dedico a la
comunicación, sobre todo vinculada con la ciencia y la salud, y porque me resulta apasionante comprender cómo se construye la "realidad" desde el discurso.
Consiguió cierta realización del ser con la venida de sus hijos.
Empecemos por definir a qué nos referimos cuándo hablamos de discurso. Podríamos decir que es “todo enunciado o conjunto de enunciados con que, de forma oral o escrita, se expresa un pensamiento, un razonamiento o un sentimiento”. Básicamente el discurso es todo lo que decimos y escribimos. También está el discurso no verbal: las señas, los gestos, que también imprimen sentidos.
Nuestra vida transcurre en un ir y venir de discursos a partir de los cuales nos vinculamos con otros, aprendemos, enseñamos, amamos, preguntamos, cuestionamos, entendemos, explicamos, agredimos, saludamos, investigamos, estudiamos, trabajamos, nos enojamos. Somos seres sociales; imposible imaginarnos por fuera del discurso. Pero ¿qué pasa cuando el discurso, o mejor dicho los discursos, nos abruman? ¿Podemos escapar de ese “ruido” comunicacional que nos sobre-informa, nos sobre-preocupa, nos sobre-atemoriza (¡perdón por los neologismos!)?

Game over para la teoría de la aguja hipodérmica
Entre la primera y la segunda guerra mundial, ambas caracterizadas por un uso abusivo  de la propaganda política como arma destructora de cuerpos y mentes, el investigador y publicista Harold Lasswell desarrolló la Teoría de la aguja hipodérmica. En pocas palabras, lo que afirmó este teórico fue

que los medios de comunicación inoculan información en el público, lo que por un lado coloca a las personas en una posición absolutamente pasiva frente a la acción de los medios, y por otra, les otorga un poder absoluto a los medios de comunicación. En otras palabras, Lasswell creía que los medios tenían la capacidad de moldear la opinión pública.
Hace tiempo que el consenso es claro: la teoría de la aguja hipodérmica no va más. No solo sabemos que lo importante es lo que los consumidores de discursos hacen con los mensajes que reciben, es decir, cómo los decodifican (interpretan), sino que también los medios de comunicación han venido perdiendo parte importante de su poder por falta de credibilidad, entre otros factores. En este contexto, ya hace varios años nace el periodismo ciudadano con los primeros blogs: personas que, con su celular como cámara y procesador de textos, se convirtieron en medios de comunicación. Más tarde aparecen las redes sociales, y hoy podemos decir que todas las personas somos un medio a través del cual comunicamos. Todos emitimos discursos muchísimas veces por día por distintos canales, en diferentes formatos e incluso a veces con sentidos opuestos. Los medios nos interpelan y nosotros los interpelamos. En las redes todos interactuamos con todos; conocidos y extraños constituyen nuestra red de contactos e información. Internet, la red de redes, es una gran biblioteca de Babel: el famoso cuento de Borges quedó corto en la capacidad de diseñar el concepto de conocimiento infinito.
Si hace un siglo los medios de comunicación monopolizaban la
información, en la actualidad podríamos decir, haciendo una analogía económica, que hay libre mercado de discursos. Emitimos discursos, buscamos discursos y también somos invadidos por ellos. Esta simplificación del panorama comunicacional da cuenta de la transición que se dio en el ámbito de lo discursivo: de un modelo unidireccional a otro multidireccional y sin control central, donde todos emiten mensajes sincrónica y diacrónicamente ad infinitum.
Se preguntarán qué pasa con toda esta información. Más bien la pregunta debería plantearse de otra manera: ¿qué nos pasa cuando somos el punto en la mira del bombardeo? En principio podemos decir lo obvio: es realmente imposible que podamos aprehender todo aquello que circula por ahí. En segundo lugar existe evidencia de que tanta información genera falta de atención, ansiedad, desconexión y, sobre todo, confusión. Y surge otra duda: toda esa información que llegamos a consumir, ¿nos acerca más al conocimiento o nos aleja? ¿Qué rol cumple en esta marejada de datos la desinformación? ¿Somos capaces de asimilar tanta información sin caer en un estado de mareo absoluto?

Infodemia, el virus de la información falsa
Incluso antes de declarar pandemia al coronavirus (COVID-19), la Organización Mundial de la Salud (OMS) aseguró que esta diseminación del virus por el mundo iba de la mano de otro tipo de epidemia, muy difícil también de combatir en estos tiempos: la infodemia. Es decir, la viralización de información falsa en redes sociales.
Estos días todos habremos recibido por Whatsapp el audio “híper chequeado de un reconocidísimo médico que es amigo del primo de mi vecina” que cuenta cómo en el hospital que trabaja… bla, bla, bla. También virales en los que una “experta en virología” da recomendaciones sobre cómo prevenir el coronavirus. Por lo general, estos audios mezclan sensacionalismo con pseudociencia. Es decir advierten que nos están ocultando información, exponen un panorama absolutamente desolador digno de una película de terror y, por último, añaden consejos sin ningún tipo de evidencia científica. Con esto no quiero minimizar las verdaderas implicancias de esta pandemia, sino llevar a la reflexión acerca de la información que consumimos, porque será esa información la que tendremos en consideración a la hora de decidir tomar decisiones saludables en estos tiempos que corren.
Frente a esta infodemia debemos recurrir a una "solución de guerrilla", como decía el gran semiólogo italiano Umberto Eco. Concentrarnos en la recepción de los discursos: triturarlos, analizarlos, contrastarlos, chequearlos: dudar. En lo concreto, la estrategia recomendada es buscar información exclusivamente en páginas oficiales, instituciones científicas, referentes del saber en el ámbito científico, medios de comunicación que citen bibliografía y fuentes de información y cuentas de redes sociales de periodistas científicos. Otra sugerencia es informarse en la medida justa. Porque más información no siempre es más conocimiento. Por último, es importante no compartir textos sin antes chequear su veracidad (existen
organizaciones que se dedican a chequear información publicada en medios de comunicación; en la Argentina, la más conocida es Chequeado). Recordemos que una de las características de las fake news es que generan pánico. Al recibir un mensaje que nos dé piel de gallina, antes de "reenviar", deberíamos preguntarnos: ¿de dónde salió la información?, ¿hay fuentes citadas?, ¿qué evidencia científica tengo de que lo que leo es verdad?, ¿quién lo firma?, ¿la fecha de publicación es actual?
Como la pandemia, el runrún excesivo y el runrún de información falsa puede frenarse si pasamos de una conciencia individual a una conciencia social. Porque en un mundo donde todos somos creadores, consumidores y propagadores de discursos es responsabilidad de cada uno de nosotros velar por la circulación de información sustentada en evidencia científica.
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