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2021

Silvina Molina

Lic. En Psicología UNLP
Ex residente de psicología del H.I.A.E.P. Sor María Ludovica, Hospital de Niños de La Plata.
Docente externo y supervisora del del H.I.A.E.P. Sor María Ludovica, Hospital de Niños de La Plata.
Maestrando en Clínica Psicoanalítica (año 2014-2017), UNSAM, Buenos Aires.
Asociada a la EOL- Sección La Plata.
Docente colaborador del Seminario del Campo Freudiano EOL- Sección La Plata.
Traductora de los libros, LA BOLSA, (EL VACÍO) Y LA VIDA- RAM MANDIL y LA ESCRITURA DEL SILENCIO- MARCUS ANDRÉ VIERA.
Traductora de la revista, LACAN XXI (Revista FAPOL online), Rayuela (publicación virtual de la nueva red CEREDA), Estrategias Psicoanálisis y Salud Mental (publicación del Servicio de Docencia e Investigación del Hospital Gral. De Agudos Prof. “Dr. Rodolfo Rossi” La Plata).
Traducciones en SCILICET (Asociación Mundial del Psicoanálisis) y Revista Lacaniana (Revista de la Escuela de la Orientación Lacaniana).

Folly may come into fashion

Cuando recibí la invitación para escribir en esta nueva sección de Citas en la Diagonales, quedé sorprendida por su nombre. Una sección destinada a escribir sobre nuestro loquero, un loquero en el que además los jóvenes tendremos que hacer más esfuerzo. Si bien podía acordar con la idea de que cada época tiene su loquero, es decir, su locura particular, ese plus que se agregaba al esfuerzo, era como una nota que desentonaba, para mí. 
Tal como nos lo enseñó J. Lacan nuestra táctica de por sí implica un esfuerzo, en tanto, la interpretación siempre es un forzamiento con el que intentamos que con la palabra suene otra cosa, otra cosa que el sentido, de hecho J.-A. Miller dictó un curso entero sobre el esfuerzo, sobre el esfuerzo de poesía que se requiere para ir en contra del narcótico del sentido. Así, esa nota vuelve a su tono, si y solo si ese más lo leemos como: psicoanalistas ¡más poesía!
Decidí aceptar la propuesta: un esfuerzo de poesía más en nuestro loquero. Con esta idea, fue como lo primero que acudió a mi memoria fue un fragmento escrito por la poeta Anne Carson, que en mi recuerdo ella decía medio narrando y medio cantando que la locura podía ponerse de moda. Esta frase está en su libro titulado La belleza del marido, que lleva por subtítulo Un ensayo narrativo en 29 tangos. Se trata de un libro inclasificable, por el cual Carson recibió el premio T. S. Eliot de Poesía. Cito un fragmento del mismo, porque fue éste el que
me permitió pensar la particularidad de nuestro loquero. Dice Carson:

En el esfuerzo que uno hace por hallar su camino entre los contenidos de la memoria
(insiste Aristóteles)
es útil el principio de asociación:
«pasar rápidamente de un punto al siguiente.
Por ejemplo de leche a blanco,
de blanco a aire,
de aire a húmedo,
tras lo cual uno recuerda el otoño en el supuesto de que esté tratando de recordar
esa estación».
O suponiendo,
amable lector,
qué no estés tratando de recordar el otoño sino la libertad,
un principio de libertad
que existió entre dos personas, pequeño y salvaje,
como son los principios, pero ¿cuáles son aquí las reglas?
Como él dice,
la locura puede ponerse de moda.
Pasar entonces rápidamente
de un punto al siguiente…

Así como en el poema de Carson, pareciera que en nuestro siglo todo se rigiese por el principio de asociación, como si todo fluyese… y uno, de ese modo, puede pasar fácilmente un punto
al siguiente, puede pasar, por ejemplo, de hombre a mujer, de Laura a Pedro, de cis a queer, de un amor al poliamor, también se puede hacer como Tom Peters y pedir ser reconocido como perro dálmata (transespecie) o querer volver a su genital anterior a la cirugía de resignación genital, deshacer lo que la hormonización hizo. Podríamos también, fluir de una cosa a otra, de maestra a camera, de un novio a un sugar daddy, de ingeniero a stremear y así tirar de la cuerda y seguir, pero alcanza con decir etc., etc. o colocar unos simples puntos suspensivos. Tal vez bastaría con evocar un rio, tras el cual recordamos la imagen del fluido, de lo que no es sólido, en el supuesto de que estemos tratando de recordar que lo que fluye, es lo que “escapa, como inasible”1.
Y en ese estado de flujo ¿Qué hacer? Los psicoanalistas, ¿pasamos de un punto al siguiente?, ¿fluimos con las presentaciones, con las nuevas palabras, con sus nuevos sentidos? Acaso ¿pasamos de interpretar a otra cosa? Mi hipótesis es que no, que la interpretación no pasa de moda, más allá o más acá de las vestimentas la interpretación encuentra su justo lugar, como lo hizo siempre.
Entonces, por un lado, tenemos un lenguaje, que tal como lo dice Moritz Fritz en Pensar/Mentir: “cabalga sin jinete ni caballo”, y una táctica que araña lalengua para desenterrar lo que se esconde tras la moda. En palabras de Ana Carrasco Conde “Hay que deshacer el lenguaje para ver más allá de la aparente

1 Miller, J.-A., Curso del miércoles 19 de marzo de 2008, en: www.eol.org.ar
unidad compacta”2. Esta filósofa española tiene un muy interesante texto sobre Anne Carson titulado “Decrear un mundo y disolver el yo. Friedrich Nietzsche en la poesía de Anne Carson”, en el cual nos da un pantallazo sobre esta autora canadiense, que nació en Toronto el 21 de junio de 1950, poeta, ensayista, profesora de literatura clásica, e importante traductora. Ana Carrasco escribe:

Ella no es discípula ni heredera de nadie, sino lectora voraz y, ante todo, su poética nace de unas líneas de  fuerza  en  las  que  se  trenzan  lineamientos  tan  dispares,  a  veces  incluso opuestos, como los de Nietzsche y Simone Weil (la cual, como bien se sabe, se sentía incómoda con  el  sistema  nietzscheano),  Kant,  Antonioni  y  Monica  Vitti,  la  actriz cómica italiana, Hegel y Samuel Beckett, Aristóteles y Keats, Virginia Woolf y Safo, Demóstenes  y  Lucía  Bosé.3

La forma en la que Ana Carrasco Conde describe la cadencia de la poesía de Carson me evoca un modo en el que podríamos pensar nuestro esfuerzo, cuando tenemos que escuchar eso que esconde el lenguaje de moda. En el texto antes mencionado, Carrasco escribe que su cadencia:

Está marcada por la atenta mirada hacia el lenguaje, la gramática y la sintaxis y cómo éstos configuran ilusoriamente la ficción de una identidad apresada en un mundo también ficticio. Los ritmos, las cadencias, los silencios son tan relevantes aquí como es la forma misma de escritura, tan musical,

2 Carrasco Conde, A. Decrear un mundo y disolver el yo. Friedrich Nietzsche en la poesía de Anne Carson.
3 Ídem
de Nietzsche, y la búsqueda de la forma o del vaciamiento de la misma son en ambos autores tema de preocupación.4

Que el lenguaje es el que configura ilusoriamente la ficción de una identidad y que es por su vaciamiento por el cual nos esforzamos, es algo que sabemos los jóvenes y los no tan jóvenes psicoanalistas. Sin embargo, cada época con su lenguaje configura sus ficciones, y en este, nuestro siglo del fluido, ¿qué consecuencias para la construcción de una identidad?
Para responder a esta pregunta, me voy a servir de un precioso detalle comentado por Marie-Hélène Brousse, en un texto que recientemente traduje para un nuevo libro de la Editorial Tres Haches, que próximamente va a ser publicado, con el título El cuerpo de las mujeres. En este texto, Brousse nos cuenta que cuando viajó a São Paulo, lugar en el cual dicto esta conferencia a la que hago referencia, lo que más le impresionó fue que existía allí, una calle que se llamaba la calle de las novias, la calle São Caetano. La cual describe del siguiente modo:

Había una infinidad de vestidos de casamiento y, ocasionalmente, al lado, una tienda de uniformes. La calle São Caetano queda cerca de un cuartel de la Policía Militar. En São Paulo, se vuelve claro que la tradición uniformiza los cuerpos: uniforme de novia, uniforme militar. Esta inscripción designa la pertenencia sobre el cuerpo. Eso es la tradición, en la cual una persona de mi edad tenía una ropa de invierno y una ropa de verano; una ropa de domingo y una ropa para el día a día. Si vamos un poco más lejos, una mujer casada no usaba el mismo peinado que una mujer soltera. En resumen, había sobre el cuerpo cierto número de signos, una clasificación segregativa, que se inscribía en el cuerpo y decía algo

4 Ídem
sobre él. Hoy, en el tiempo del Uno solo, no tenemos más uniformes. Entonces, ¿qué se hace? ¡Ahora personalizamos! Personalizamos nuestro cuerpo. Nos hacemos tatuajes, extensores de orejas, cortes de cabellos excéntricos. Los tatuajes, los peinados y las marcas corporales no son nuevas, lo nuevo es que cada uno puede inventar su propio modo5.
Es decir que, en ese tiempo, en el que la tradición dictaba un modo de vestir el cuerpo, una identidad, un para todos los cuerpos lo que la tradición ordena, el loco era aquel que no podía incluirse en esta, aquel que no podía recubrir su cuerpo con los semblantes de moda. Había una moda para hombres, otra para mujeres, una para los jóvenes y otra para los viejos, se trataba de una moda binarista, y segregativa, de hecho, me parece que la ropa unisex comienza a confeccionarse a fines del siglo XX.
Entonces, si ahora estamos librados al arte del que cada uno es capaz para armarse un semblante de identidad, si lo que está de moda es lo personalizado, y si ¡cuanto más singular es mejor!, si tal como nos enseña J. Lacan, "nada se parece más al cuerpo de mujer que el cuerpo de un hombre"6, y si los vestidos que están de moda son para todos cualquier cosa, ¿Quién sería el loco?. Acaso ¿Es la locura la que se puso de moda? O ¿Es la tradición una locura?
En tiempos del Uno solo, en nuestro loquero del fluido y de la personalización, ¿Qué sucede con la interpretación? ¿Ésta debe ser transformada? Para mí, me atrevo a decir que más allá o más acá de la moda nuestra táctica sigue siendo principalmente corte y confección.
5 Brousse, M.-H., El cuerpo de las mujeres.
6 Ídem
Quisiera compartir un detalle clínico porque me parece que puede servir como ejemplo para pensar la interpretación, una interpretación que localiza eso que falla, eso que no cesa de fallar, y que se esconde tras la moda. Un paciente mantiene una relación abierta con una joven, un principio de libertad pequeño y salvaje en el que ambos creen en el amor libre, pero más allá de este acuerdo, de sus reglas para mantener una relación sexual, este joven tiene encuentros sexuales con otras personas y se los oculta. En una oportunidad hablando al respecto tiene un lapsus: quiero ser polígamo. ¡Ah, polígamo! –exclamo- lanza la carcajada y corto la sesión. En la puerta lo miro y digo: ¿casado con varias? Con una media sonrisa agrega: como mi padre.
En fin, lo que para mí nos demuestra este detalle clínico es la actualidad de ese aforismo lacaniano tan de moda entre los analistas, ese que sostiene que la relación sexual no existe, y que por más esfuerzo que hagamos con el lenguaje para hacerla existir, por más sólida o líquida que se nos presente la época, por más que salgamos de la tradición, del binarismo y entremos al Uno solo, al más singular, por más que inventemos miles de nombres, eso se nos escapa, permanece como inasible, podríamos decir en el supuesto caso de que estemos intentado recordar que hay un real, el de cada uno.
Tampoco podemos cambiar el hecho de que, porque no hay relación sexual, hay síntomas, y que nuestra táctica es siempre solidaria a la noción de síntoma que sostenemos. Entonces si definimos al síntoma como el modo en que cada uno goza de
su inconsciente, en tanto éste lo determina, nuestra interpretación se midió, se mide y se medirá por su cercanía al goce. Este es nuestro más singular loquero, y el lenguaje, para decirlo de un modo más poético "…no es más que una forma de atrapar el dulce instante del amor y aspirar su amargura inevitable…" 7, es decir, el encuentro con lo que no hay, ni habrá, así como también con lo hay y que no cambiará.
Muchas Gracias Citas en las diagonales por este convite a escribir sobre nuestro joven-viejo, pero tan dulce-amargo loquero.

7 Carson, A., Eros the Bittersweet.
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