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2021

Natali Boghossian

Lic en Psicologia, Psicoanalista.
Ex psicóloga del área de consultorios externos en
Proyecto Suma.
Ex docente de Psicopatología cat II F. Schejtman.
Actualmente vive en Barcelona
Contacto: natalibog@hotmail.com

No hay humo sin fuego, decía Freud!

Era viernes, 8 de marzo.
Mi consultorio en Buenos Aires permitía tener vinculo directo con el obelisco; es decir, podía observarlo desde la ventana: estaba en un piso 10 de Carlos Pellegrini y Corrientes.
Tenía entonces, en la mira, que al finalizar el consultorio me sumaria en la marcha del día de la mujer.
Alrededor de las 18.20 viene la última paciente. Ese día hacía mucho calor, por lo tanto fui al despacho de arriba para poder hacer mejor uso del aire acondicionado.
En el transcurrir de la sesión se escuchaban ruidos referidos a la marcha. De repente también comencé a sentir olores. Supuse que se trataba de esas bombitas que suelen tirar en esos acontecimientos. Pero el olor se hacía cada vez mas intenso. Hasta que por detrás de mi paciente comienzo a observar un humo llamativo que subía veloz invadiendo el espacio.
Calma, la miro a ella y expreso que algo estaba sucediendo, a lo mejor era pertinente que saliéramos. Todo esto, en un lapso de segundos…
Tomamos nuestra cosas, abro la puerta y nos encontramos con un humo gris expansivo. Ceguera. Nada podía verse. Respirar… era extremadamente dificultoso. Descartamos el ascensor, obviamente, e intentamos aproximarnos a la escalera. Imposible! nos hubiéramos desmayado. Estaba claro para ese entonces que estaba habiendo un incendio en el
edificio. Lo único que se me ocurrió fue regresar al consultorio, para al menos respirar y ver que hacer.
El tiempo no era el tiempo tal como lo conocía cotidianamente: un segundo se transformaba en algo eterno.
Volver de las escaleras al consultorio nos enfrentó con gritos desesperados de una mujer que no sabíamos exactamente de donde provenían. De esos gritos desgarradores sollozos, siniestros, que penetran el alma.
Al ingresar al consultorio mi paciente fue directamente a abrir la ventana, sacando la cabeza por ella, quitó la red de seguridad. Decía, angustiada, que lo que respirábamos era arsénico, mientras gritaba “auxilio”. Abajo en la calle se veía un conjunto de gente que observaba lo que ocurría con gestos de terror, junto a la policía que nos decía que esperáramos. Yo la sostenía, intentando calmarla, mientras llamaba al 911 denunciando el hecho. Me encontraba sumamente calma y atenta; con claridad repasaba lo que había oído que se hacía en estos casos. Mi prioridad era ella. Contenerla, sostenerla…
Igualmente, no voy a negar, que hubo un instante, al ver hacia abajo y advertir que estábamos atrapadas; que la posibilidad de no salir de allí, advino. El pensamiento fue: “A, ok… nos podemos morir”, mientras la respiración se dificultaba cada vez mas. Estábamos envueltas en una ciénaga de humo gris.
Lo interesante fue la aparición de la calma ironía. Mientras la sostenía en su crisis de angustia, donde ella gritaba “nos vamos a morir”… me encontré expresando sonriente: “naaaa, no es esta la muerte que nos espera…ni ahora” (¿quién era yo para esbozar semejante certeza?)
Al instante vinieron los bomberos. Vimos como sacaban a un niño desmayado casi desnudo.
Al tiempo; insisto en que un minuto en ese momento era lo equivalente a 6 horas, oímos a los bomberos en el piso. Gritamos y vinieron a sacarnos. Continuamente estaba atenta. Que estuviera todo apagado, cosas cerradas, no olvidarme nada.. a tal punto que cuando nos sacaron al pasillo y abrieron el ascensor, comencé a discutir sobre cómo era posible que nos bajaran en ascensor si es lo primero que uno sabe que no se puede usar en caso de incendio. Los bomberos eran alrededor de 6. Los veía inmóviles. No solo el tiempo lo sentía alterado, sino también algo referido a la velocidad. Al llegar a planta baja, ella me abraza feliz y expresa “nos salvamos”.
Cada una fue llevada a una ambulancia, donde nos hicieron pruebas de oxígeno, brindándonos máscaras. Fuimos trasladadas al Hospital Argerich, nos sacaron sangre, volvieron a medir oxigeno.
Para ese momento ya había algo del sarcasmo y del eros en juego. Algo de todo esto había generado un efecto de vivificación. De abrazar algo de la vida.
Fue interesante que ella me agradeció por no haberme salido jamás de mi lugar. Algo que me dejó dando vueltas y que comprendí con el tiempo.
Cuando lo real entra en el dispositivo, cuando no hay calculo posible… cuando la contingencia te conmina a un lugar de sujeto y uno… uno no sabe que hace, pero hace algo totalmente inédito, inédito mismo,  a si estuviera solo. La responsabilidad!
Cuando la táctica es acto, allí donde no hay lugar ni tiempo a la palabra. Insisto en la erótica del tiempo, lo evanescente, lo eterno. La distorsión.
Donde no éramos mas que dos mujeres que espera-ban por su vida.
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