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2021

Luis Darío Salamone

ESOS AMIGOS QUE NO ME CONOCEN

Muchas veces leo algo que me gusta y me engancho con ese autor a tal punto que leo todo lo que haya escrito. Si existen textos autobiográficos o una biografía mejor. Seguramente se trata de una práctica obsesiva,  pero es algo que jamás me perjudicó. Al contrario. Hasta me da la impresión que esos escritores son un poco como amigos. Los conozco bien, seguramente ellos no sean como escriben, pero siempre algo transmiten. De sus gustos, de sus síntomas, de sus preocupaciones, de sus fantasmas. No puedo decir que sea una amistad en el sentido estricto ya que no es recíproca, en general no me conocen. Pero desarrolló un vínculo afectivo con ellos, después de pasar leyéndolos tanto tiempo los estimo.
Recuerdo que hace años me enojé con uno de los que más aprecio, un tal Sigmund Freud, porque criticaba a otro de mis preferidos. Decía que le parecía insoportable, (lo leí en una de sus cartas), que no podía, después de atender pacientes neuróticos durante el día, ponerse a leer lo que él había escrito. Qué culpa tenía Dostoievski de que Freud tuviera que trabajar con pacientes neuróticos todo el día.
El último autor que me generó ese vínculo tan especial fue un filósofo surcoreano llamado Byung-Chul Han. De niño le encantaba jugar con aparatos eléctricos, desarmaba y reconstruía radios. Estudió metalúrgica en Corea, hasta que realizando un experimento hizo explotar su casa y decidió dedicarse a algo un poco más tranquilo. Quizo estudiar
literatura, pero no encontró apoyo familiar. Se fue a estudiar filosofía a Alemania. Pero tenía el problema de que no sabía alemán. Estudio filosofía en Friburgo y literatura y teología en Múnich. Luego se encaminó a Basilea. Más tarde dio clases en Berlin. Con sus libros se convirtió en el intérprete más claro de lo que acontece en nuestra época. Creó algunos sintagmas que perdurarán para definir lo que se juega en lo social, como la sociedad de la transparencia o la sociedad del cansancio.
Para no entrar en esa lógica que describió y que es propia del capitalismo, sostiene una posición de resistencia, no aparece en televisión, no da casi entrevistas, ni cuenta con un teléfono celular, estudia filosofía zen, escucha música analógica, no hace turismo, cultiva un jardín.
En “La sociedad del cansancio” dice que en el siglo XX existe lo que llama el paradigma inmunológico. Una cultura que distingue entre el adentro y el afuera. Entre el yo y el extraño. Hay un enemigo externo, el extraño puede ser atacado aunque no resulte peligroso, solo por ser otro. Se juega lo que Foucault llamaba la sociedad disciplinaria. Se vigila y castiga ante la violación de la norma. En cambio en el XX se da lo que llama el paradigma neurológico. El enemigo no está afuera. Sino adentro de nosotros. No existe el otro viral que amenaza, sino un Yo que abarca todo. Produce las enfermedades típicas de esta época: depresión, bipolaridad, depresión, stress. El sujeto de rendimiento se somete a la culpa de “no poder” en una sociedad que empuja al “si puedo”.
Se pasa de una sociedad disciplinaria a una sociedad del
control. Nuevas formas de violencia, no se reconoce como extraña ni genera reacción, es inmanente al sistema. Apunta al rendimiento.
La sociedad disciplinaria era una sociedad de negatividad. El tema dialéctico era: no poder / deber. No hacer lo que puedo sino lo que debo por la norma. En cambio con la sociedad del rendimiento se juega un factor positivo: poder. Debo poder. Si se puede, es el lema. Proyectos, iniciativas, motivaciones, reemplazan mandatos y leyes. La obligación de rendimiento es consustancial a la propia persona.
La sociedad disciplinaria del No, de la prohibición era generadora de locos y delincuentes. Pasamos a la sociedad del rendimiento, del Sí, donde no hay límites y por lo tanto generadora de depresivos y fracasados. De la disciplina, pasamos a la autodisciplina. Soy mi jefe. Soy mi amo. Pero el amo es el esclavo de sí mismo. Hay una autoexplotación. Ese hacer permanente más que una libertad termina siendo una cárcel.
Se huye del aburrimiento y del vacío, se escapa de lo contemplativo. El aburrimiento puede crear nuevos espacio para la creación. El entretiempo no tiene lugar. Solo hay tiempo para el tiempo. Todo es un presente prolongado. No hacer no es impotencia, completa el hacer. Vivir en una sociedad del rendimiento es un imperativo. Conduce al rendimiento del sujeto, a la actividad sin pausa que lleva al agotamiento. El sujeto requiere de sobre estímulos para seguir, y si ni sigue cae en la angustia. Esto lleva al dopaje. Para seguir rindiendo. Y a
un cansancio violento que destruye. Han nos habla de las enfermedades emblemáticas de la época, como la depresión o el déficit de atención con hiperactividad. Ha desaparecido la otredad, nos dice, y hay un exceso de positividad que resulta de la superproducción, el superrendimiento o la supercomunicación. El agotamiento, la fatiga, la asfixia suelen ser las. reacciones típicas. La hiperactividad lleva a un colapso del yo por sobrecalentamiento. Si el dopaje estaría permitido en el deporte todo se reduciría a una competición farmacéutica. El cansancio, el agotamiento son una suerte de infarto del alma. Se trata de un cansancio que aísla, que divide, de un cansancio a solas. Destruye toda comunidad, toda cercanía, y no se tiene ganas ni de hablar, destruye hasta el lenguaje. Es lo que Handke denomina un cansancio de nosotros”. Plantea el filósofo que esto pone en jaque a la vitalidad.
Después de leer estos planteos que dan cuenta de algunas de las cosas que vemos en esta época, pensaba que el psicoanálisis permite una solución a estas cuestiones. Revalorizando la palabra y la relación al Otro, confrontando al sujeto a una falta que le devuelve la vitalidad, esa que solo es capaz de emanar del campo del deseo.
Ese fue el primer libro que leí de Han. Me pareció claro, contundente, preciso. Después leí catorce libros más del autor. No se los voy a contar a todos, pero se los recomiendo. Después ustedes me dirán si uno no termina teniendo una suerte de amigo al que aprecia, con el cual dialogamos mientras leemos. Aunque no nos conozca. Lo cual no quiere
decir que alguna vez eso no llegue a suceder. He tenido la suerte de conocer a algunos de esos escritores que admiré. Tengo un amigo del cual he leído todo lo que publicó, que aprecio mucho y creo que el sentimiento es recíproco. El leía a otra pensador que era, a su vez, un lúcido lector de esta época. Me refiero a Gustavo Dessal y Zygmunt Bauman. Un día Gustavo me sorprendió gratamente contándome que estaban escribiendo un libro juntos, se llamó "El retorno del péndulo", en el cual el autor de la modernidad liquida hablaba de la posibilidad de que las cosas volvieran a ser un poco como antes. No de la misma forma, por supuesto.
Quizás al conocer a un autor que se admira, uno pueda llevarse un chasco, pero no importa, hasta ahora he conocido a grandes personas luego de leer sus escritos. No puedo dejar de entusiasmarme con los libros, no puedo dejar de amar esas cosas que están hechas de palabras.
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