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2021

Josefina Martos Peregrín

Lectura de John Donne en tiempos del coronavirus

"Ningún hombre es una isla, ni se basta a sí mismo; todo hombre es una parte del continente, parte del todo. Si una porción de tierra fuera desgajada del mar, Europa entera se vería menguada, como ocurriría con un promontorio, con la casa de tu amigo o la tuya: la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque soy parte de la humanidad; así, nunca pidas a alguien que pregunte por quién doblan las campanas; están doblando por ti."
Ya no doblan a muerto las campanas, sino los noticieros, escritos, hablados o televisados y el golpeteo continuo de las redes; el redoble resulta menos bello, menos teatral; sin embargo, el efecto es idéntico: algo nuestro muere con la muerte de los otros, y en esta pandemia de Covid 19 los otros, los muertos y dañados, son demasiados y demasiado continuos. Me falta capacidad para asimilar tanta desgracia;para Donne resultaría más fácil, me digo, puesto que creía firmemente en Dios y en el orden de su creación; de hecho la meditación y el poema que comienzan con la frase "Ningún hombre es una isla" surgen del sentimiento de pertenencia a una comunidad, partiendo de la comunidad que mejor conocía y a la que pertenecía: la Cristiandad. Pero trasciende los límites de su religión para considerar hermanos a todos los hombres; aún más, y más sabio, no solo hermanos sino miembros de un mismo cuerpo; mujeres y hombres, viejos y niños, forman parte de un solo organismo.
Su meditación (cuyo primer párrafo me ha servido de encabezamiento) se yergue magnífica y la metáfora en torno al libro, particularmente hermosa, porque concibe que entre todos formamos un mismo volumen, de manera que "cuando un hombre muere, no es que un capítulo sea arrancado del libro, sino que es traducido a una lengua mejor". Lamentablemente, carezco de ese consolador sentido de traducción a la eternidad; cada página arrancada se me torna insustituible y cuanto más cercana a mi capítulo, más se debilita mi propio significado.
Admiro la sabiduría de John Donne y envidio su seguridad al afirmar "la mano de Dios está en cada traducción posible y su mano habrá de reunir de nuevo todas nuestras páginas dispersas en esa biblioteca en que cada libro estará abierto ante los demás." Me sorprende y me gusta este Dios bibliotecario, librero, traductor, lo añado a mi colección de dioses amados en los que, sin embargo, no creo. Pero sí creo en nuestro libro viviente; es más, puede que hoy en día seamos muchos los que nos abstenemos de ese Dios de Donne, pero, en cambio, nos hemos propuesto ampliar el cuerpo común del amor a todos los seres vivos, animales, plantas, naturaleza y la tierra entera; el mundo al completo ha de caber en ese libro total, de personajes interconectados, de relatos cambiantes, de páginas que se ganan y se pierden continuamente, donde las nuevas ocupan el lugar de las viejas, amarillentas, roídas, arrancadas... Primorosas, detestables, comprensibles o no, todas me afectan, pero hoy me duelen con especial hondura los capítulos de mis semejantes, tantos, demasiados, que ya no podremos leer.
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