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2021

Guillermo Amaral

Mi nombre es Guillermo Amaral (guillermoamaral@gmail.com) vivo en Buenos Aires, donde estudié Ciencias de la Computación, sustento académico para mi labor profesional: hago software, mayormente en el área de simulación para la industria del petróleo. Afortunadamente me gusta mi trabajo y me permite aprender diariamente, resolver problemas interesantes, conocer gente genial, tanto ámbitos académicos como industriales.
Cuando salgo del mundo de las computadoras me pongo otros trajes y juego de actor de teatro, clown, dibujante, cocinero y hasta de modesto nadador de aguas cerradas. Insisto de tanto en tanto con un subdesarrollado costado musical y castigo alguna guitarra. Cuando no quiero hacerla, escucho, siento y vivo mucha música que hacen o hicieron otros.
En cualquier piel soy padre de manera que aprendo a diario del oficio de manos de dos pequeñas y hermosas maestras, Fran y Viole.

La pandemia es un espejo

Cada vez que nos asomamos a lo real por estos días, nos vemos reflejados en un gran espejo. La imagen es la de bichos sociales, vulnerables, exhibiendo nuestro afán egoísta, nuestra mano solidaria, nuestra boca gesticulando en busca del otro, nuestro narcisismo desenfrenado aprovechando toda oportunidad virtual.
Paradójicamente, nos tornamos indistinguibles en el espanto, perplejos frente a una amenaza que deja muy claro su poder homologante. Tanto que la muerte debe mirar al virus de reojo como diciendo ‘qué buena prensa que conseguiste, yo que siempre estuve escondida en cada esquina y vos en unos días superaste todo rating’.
El espejo también refleja nuestra ‘animalidad’ en el desfile de osos, carpinchos, aves y peces que circulan por donde usualmente no lo hacen y eso es gracias a este impasse de nuestra topadora económica global. El pez que por primera vez en años circula por aguas cansadas de la polución diaria, nos mira desde el espejo y nos interpela: ¿necesitamos de su pandemia para tomarnos un respiro?, ¿necesitan del acecho de un virus para tomar conciencia y, al menos, retrasar el suicidio de la especie?
Tal vez tengamos la fortuna de que el espejo se quede un tiempo con nosotros, el suficiente como para que muchos más veamos el reflejo de una sociedad enferma de diferencias, de las que dañan, no de las que aportan color, esas son
homologadas bajo alguno de los consabidos imperativos: ‘tener-comprar-tener’, ‘ser feliz’, ‘aprovechar el tiempo’. Las diferencias que nos deben pesar en los ojos son las diferencias ´pre-pandemia´, las de una ‘pandemia’ que no se la llama pandemia y que algunos eligen no ver: un sistema que mata.

La pandemia es una lente

La suspensión abrupta de la cotidianeidad interpuso otra lente sobre lo real. Ahora se perciben rasgos mejor delimitados, comportamientos sociales acentuados hacia un lado y hacia el otro.
Por un lado la pandemia, proyectada a través de los consabidos dispositivos de manipulación de subjetividades, produjo una estampida humana que provoca estupor y góndolas vacías por igual. El establo de la imaginación social se mulle de una paja que prende muy rápido y, con una velocidad que hasta el virus envidiaría, se propagó la idea de comprar papel higiénico, lavandina, alcohol y aceite, todo en cantidades siderales. Algo que ni MacGyver, aquel detective pseudo-químico hollywoodense de los ochentas, encontraría de utilidad en esta emergencia. El rasgo profundizado hasta lo nauseabundo es el de un egoísmo tonto.
Por otro lado, los propios dispositivos de distorsión tendenciosa de la realidad fueron exaltados de manera inédita, pasando de una producción de ‘noticias’ in vitro al éxtasis obsceno del
minuto a minuto: el virus es un horno del que no paran de sacar pan caliente. Números, reflexiones, estadísticas, consejos, curvas, hashtags, panelistas recibidos de epidemiólogos y su contrapartida, epidemiólogos con ansias de panelistas, y sobre todo el imperativo que insta a ‘aprovechar el tiempo en casa’, ignorando, o peor aún, soslayando la angustia que produce el aislamiento social. Peor aún, homologando los aislamientos bajo una mirada burguesa que presupone alacenas llenas, espacios de confort y vínculos sanos en todos los hogares. Acá la lente produjo una saturación fuerte de un amarillismo cínico harto conocido.
El otro aspecto que se clarificó es el de la empatía, de a ratos volcada hacia una búsqueda desesperada de conectar con el otro, ‘a toda costa’. La solidaridad es el valor de esta intensificación social, pero también se ven almas ávidas de miradas y sonrisas en la fila de la verdulería, videollamadas con la tía odiada, temáticas inéditas en el ascensor. Todo esto contrasta con el ‘aislamiento’ previo, esa paradoja que se percibe (¿percibía?) fuerte en las grandes aglomeraciones: cuanto más ‘pegados’ menos conectados.
Otra demarcación que sorprende es la de lo esencial en la emergencia. Un claro ejemplo de ello se da en el plano laboral: los médicos y los encargados de la cadena de alimentos son vitales, y esto llega hasta la chica de la caja del supermercado, notablemente más importante que cualquier CEO. Este es uno de los puntos a revisar con lo que nos quede de la ‘catástrofe’: hay algo para hacer y es reordenar el escalafón de ingresos acorde a la importancia de cada trabajo.
En suma, la lente pandémica arroja nitidez sobre estúpidos, egoístas, títeres del poder, buenos amigos, trabajadores cuya labor es imprescindible, homeless y delatores de homeless (estos se podrían incluir en la categoría de estúpidos, junto con los que se van a la costa y la señora recién llegada de tirar la moneda en la Fontana di Trevi resistiéndose por la fuerza a la cuarentena). Pero por sobre todo se ve claramente una necesidad imperiosa de socializar.

La pandemia es imaginación

El aislamiento forzado tiene un costo que se paga con diferentes grados de angustia. Y, al menos yo, me reservo la sospecha sobre quien omita toda referencia a estar sublimando los impulsos propios de esa angustia y sólo hable de recetas de doña Petrona, argumentando una ‘ganancia en tiempo’. Una cosa es moverse partiendo del sufrimiento y otra es hacer de cuenta que no existe y ‘bienvenida la oportunidad pandémica para aprender tejido a crochet’.
El aislamiento además conlleva, en los que afortunadamente tenemos el plato de comida garantizado, algunas evocaciones de diferentes grados de cercanía: desde coordenadas históricas de guerra y posguerra, como el tortuoso e infinito ocultamiento de Ana Frank con su familia y su diario catalizador, o confinamientos extraordinarios como el de Nelson Mandela, no sólo por la dureza de tantos años recluido en prisión, sino por la transformación personal y social que su condena
significó, o la desmedida persecución, penoso asilo e injusta condena de Julian Assange.
También hay rebotes en el plano ficcional que van desde ataques alienígenas, pasando por soledades astronáuticas, hasta naufragios solitarios en islas auspiciadas por FedEx: más de uno está reeditando a Wilson en un almohadón, en un zapato o en una mascota.
Imposible no recordar Guerra de los mundos, donde se dibuja el terror insuflado por un agente externo, marcianos, con todos los condimentos de una sociedad que exacerba lo bueno y lo malo, y cuyo desenlace, nada menos que la falta de inmunidad de los marcianos a microbios terrestres, resulta irónico frente a nuestros días. Naturalmente el paso obligado es de Wells a Welles para recordar aquel ‘experimento’ donde el segundo transmitió por radio, en forma de noticiero, su adaptación de la novela del primero, y aunque no faltó la advertencia inicial sobre su condición de ficticio, provocó el pánico en gran parte de sus oyentes. Si bien este episodio fue conocido mundialmente, la ingenuidad y el miedo permitieron que el hecho se repitiera años más tarde, en la ciudad de Quito, donde no solo se vio el caos social de la horda humana huyendo de las ciudades ‘atacadas’, además de suicidios por el ‘fin del mundo’, sino la represalia posterior de la muchedumbre al enterarse de la falsedad de la noticia: cambiaron huída por salvajismo y provocaron el incendio del edificio editorial. Tan endeble es la subjetividad social (análisis aparte sobre las cuestiones culturales que pueden robustecerla).
Ensayo sobre la ceguera es otra de las referencias inmediatas, donde Saramago pinta la rapidez con que la brutalidad se apodera del género humano: nada difícil de imaginar habiendo visto changuitos rebalsados de papel higiénico y gritos balconeros denunciando a una laburante o un ‘tosiente’. De acá a The walking dead hay dos pasos.
De nuevo, todas estas son evocaciones de quienes podemos detenernos a pensar un rato sin tener urgencias esenciales.

La pandemia es un muro

Mientras probaba lentes, espejos e imaginería, vi cómo convergían mis escuchas de Pink Floyd de días atrás con la situación actual.
Desde la soledad, la muerte, la guerra (hay quienes hoy en día hablan de una “guerra contra el enemigo invisible”), la atmósfera distópica, la educación (la actualidad muestra muchos docentes que muy loablemente están lejos ‘de dejar a los chicos solos’), los llamados desesperados, hasta la presencia de las fuerzas ‘del orden’ en la calle (con más de un abuso reportado en estos días), todo está condensado en esa obra maestra del rock llamada The Wall.
Pero por sobre todo esta obra tiene como eje fundamental el aislamiento social y emocional, y cómo sus elementos constitutivos, los ladrillos, pueden ser de una rigidez tal que no se puedan derribar fácilmente. Claro que las razones del aislamiento que experimenta el personaje principal de la obra,
Pink, se deben a su retraimiento social, a su imposibilidad de llenar un casillero ‘aceptable’ sin que eso implique un gran dolor, imposibilidad que no se escinde de su historia: sus ladrillos salen de su contexto histórico-familiar (la ausencia de su padre, la sobreprotección de su madre, la guerra, la fama, su relación con las mujeres, etc.). De esta manera Pink se mantiene ‘a salvo’ del ‘peligro’ de ‘afuera’.
Algunas frases-preguntas que (me) resuenan en estos días van desde What shall we use to fill the empty spaces? / ¿Qué vamos a usar para llenar los espacios vacíos? (Empty Spaces / Espacios Vacíos), pasando por párrafos como este de Waiting for the Worms / Esperando a los Gusanos:
“Sitting in a bunker here behind my wall. “Sentado en un bunker, aquí detrás de mí muro.
Waiting for the worms to come. Esperando a que vengan los gusanos.
In perfect isolation here behind my wall En perfecto aislamiento, aquí detrás de mí muro.
Waiting for the worms to come.” Esperando a que vengan los gusanos.

hasta letras enteras como la de Hey You / Hey Tu (, que es un grito desgarrador hacia el otro lado del muro y que termina con esta frase tan acorde todo presente:

“Hey you, don't tell me there's no hope at all.
Together we stand, divided we fall.”

“Hey tu, no me digas que no hay esperanza.
Juntos resistimos, separados caemos.”

Las diferencias entre este relato ‘floydeano’y nuestra(s) realidad(es) son infinitas (para quien guste de hacer el ejercicio), siendo quizás la más relevante el hecho de que la reclusión de Pink es personal y patológica y la nuestra es comunitaria impuesta por el estado. No obstante, las coordenadas extrapolables del aislamiento social permiten una nueva mirada sobre la obra de Pink Floyd.
Esta capacidad de la obra, y del arte en general diría (aunque la plasticidad de la lírica popular parece más flexible), de redefinirse infinitamente de acuerdo al contexto, a los observadores y a sus circunstancias particulares, muestra un aspecto que también se puede vincular con los puntos mencionados de esta pandemia: el género humano se hunde en el plano del egoísmo, en la idiotez individual y social, en la hostilidad y se dignifica en el arte, en obras como la de Roger Waters y compañía. Luego de escuchar infinidad veces (casi todas diferentes) esta obra, creo que puede incluirse en el conjunto de las que redimen el género humano.
Curiosamente, aquel disco fue el principio de la división de la banda. Y dadas las circunstancias todo indica que la pared la empezó a levantar el propio Waters. Sin embargo, un tiempo después de esta separación y algunos discos mediante, la segunda era de Pink Floyd, léase ‘Watersless’, dio otro disco que, para estos ojos-oídos, se hace eco de la situación global presente: The Division Bell.

Al margen de la crítica, (muchos miembros de esa labor algo sospechosa también se pueden ir al grupo de los que se van a la costa en medio de la cuarentena), este es un gran disco y desde el título, pasando por canciones como Lost of Words / Perdido por Palabras, Wearing the Inside Out / Vistiendo el interior afuera, High Hopes / Grandes Esperanzas, o (una de mis favoritas) Keep Talking / Sigamos Hablando, el álbum trata acerca de la comunicación o mejor dicho la falta de comunicación, algo que hace eco directo de nuestra era de la ‘comunicación’ y hoy se pone de manifiesto el alcance y las limitaciones de los canales virtuales.

Sin duda el aporte del profesor Stephen Hawking en sus dos intervenciones en Keep Talking tiene su valor (dentro y fuera de la pandemia):
"For millions of years mankind lived just like the animals. We learned to talk."
Then something happened which unleashed the power of our imagination... "Durante millones de años la humanidad vivió como los animales.
Entonces algo pasó qué liberó el poder de nuestra imaginación... Aprendimos a hablar."

"It doesn't have to be like this. All we need to do is make sure we keep talking."
"No tiene por que ser así.
Todo lo que necesitamos hacer es asegurarnos de seguir hablando."

Quizás una salida posible, consabida, trillada, pero siempre efectiva sea el poder resignificante y transformador del arte frente un costado doloroso, tanto individual como colectivo. No solo produce un cambio en quien lo encarna, como Roger Waters en este caso, sino en quien lo recibe (acá estoy encerrado oyendo The Wall de forma inédita). La historia está plagada de ejemplos y Roger no es el único que hizo algo con sus angustias. La propuesta no sería intentar seguir los pasos de aquellos que alcanzaron lo sublime, sino usarlos como recordatorios de que se puede hacer algo más interesante que joder(nos). Es difícil. Pero la pandemia parece extremar todo y pone blanco sobre negro, fuerza una mirada binaria en este sentido: o salimos mejores, un poco más evolucionados como especie, o seguimos descendiendo en la brutalidad generalizada.
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