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2021

Evangelina Fuentes

Psicoanalista. Editora de la Revista Dispersos Descabalados.
Maestranda en Clínica Psicoanalítica (UNSAM)

Email: evangelinafuentes1@gmail.com
En el borde del silencio, lo inefable de la escritura

Para el psicoanálisis lacaniano, la función de lo escrito es diferente a la escritura literaria. Para hablar de dicha función, Lacan nos va a remitir a la lengua china donde se trata del trazo.  Nos dice Eric Laurent: “En contraste con la escritura alfabética, los elementos de la lengua escrita china conservan un sentido, bien que el referente continúa escapando y que permanece imposible de designar”. Una grieta irreductible se abre entre escritura y palabra: algo escapa a lo significante, por ende, al sentido. 
La reflexión y la comunicación no guían la escritura, siempre se termina escribiendo lo que no se quiere, quedando el autor  desbordado por el proceso mismo de la escritura. El estilo del escritor es una forma sin objetivo, el producto de un empuje, no de una intención. Según Alejandra Eidelberg, “El sufrimiento lo empuja a escribir un texto y, en ese mismo texto, el narrador-artista también explicita sus limitaciones para poder hacer otra cosa que escribir ficciones ante el sufrimiento” (Revista Ancla 3, 163). El alma del escritor es una forma de despegarse de uno mismo asumiéndose. Es una manera de considerar la vida, sufrirla, de estar parado frente al goce, tocando de tanto en tanto ese vacío. Un escritor  porta en sí mismo una contradicción y también un sinsentido.
Para el poeta, uno de los escritores que nos interesa,  hay un camino: intentar separarse de lo enredado, de su propia imagen, para llegar hasta el borde del lenguaje, al silencio, a la página en blanco para que surja el poema. Nos preguntamos

junto a J. Lacan, “¿Cómo el poeta puede realizar esta hazaña de hacer que un sentido este ausente? Reemplazando este sentido ausente por la significación, [que] es un término vacío” (Seminario 24, 15/3/1977) El poeta queda vacío de los murmullos habituales que lo ensordecen para poder ser hablado por la Otra voz, rompiendo los límites al acercarse a ese  espacio en blanco que hace posible la escritura.
“¿Qué quiere decir poesía? (…) que uno no se preocupa por la exactitud, por la conformidad entre lo que digo y lo que los demás pueden pensar, ni tampoco por lo que puedo transmitir” (Miller, 2005, 730) Querer escribir es afrontar el embrollo del lenguaje: esa región de enloquecimiento donde el lenguaje es, a la vez, demasiado y demasiado poco, excesivo y pobre. Jacques Alain Miller nos dice que la función poética del lenguaje se produce cuando los efectos de la palabra desbordan la comunicación como información sobre una referencia.
La función, según el diccionario, es una capacidad o acción apropiada de un ser. En Matemáticas: la relación entre dos magnitudes de modo que a cada valor de una corresponde determinado valor de otra. La función de lo escrito en nuestro psicoanálisis es crucial pues es eso que hace pensar en lo Real y en el Inconsciente Real. En Lituraterra podemos leer: “La escritura, la letra, está en lo real, y el significante, en lo simbólico” (Lacan, 2009, 114) Se tratará entonces de hacer surgir dentro de la experiencia analítica el hueco de la letra, que es un silencio, es  ese significante amo del goce singularísimo del sujeto que excluye el sentido. Lo que se sustrae de la palabra cuando caen sus velos y función comunicativa.

Frente al todo lleno que nos empuja la civilización con la promesa del goce absoluto, se requiere de un tiempo de espera, cierto vacío, cierto tiempo de comprender, para hacer escuchar lo que no se dice.  Como dice Marguerite Duras en Escribir: “la escritura llega como el viento, está desnuda, es la tinta, y pasa como nada en la vida, nada excepto eso, la vida”. Continúa relatando que el acto de escribir es “lo que escribiría si escribir fuera posible”, maneras de decir que tanto el acto analítico como el acto poético se sostienen en ese imposible que no se sostiene en el Otro.

La poesía, permite  la construcción de un camino que va del sentido a la posibilidad de la apuesta del sinsentido  del encuentro contingente; la aparición de la letra en su función radical. Seres hablantes, sexuados, mortales, que de la imposibilidad de la relación sexual y gracias a lo contingente podrán hacer surgir lo necesario y posible de las vidas.
Si pensamos en la función de lo escrito en Psicoanálisis, diremos que en el discurso analítico se trata de aquel decir que escapa a los dichos, algo del goce cernido, localizado y develado por la marca singular de lo escrito que bien dice Lacan “(…) no es de la misma calaña, (…), que el significante” (Seminario 20, 1991,40). Hay escritura porque hay algo imposible de aprehender, de decir y de escribir.  Y la forma precisa de ese escrito dibuja la singularidad con la que cada cual está a solas.

Algo cesa de no escribirse para el poeta en el momento que puede medio decir, en esa forma de abordar el vacío que es la poesía, la verdad sobre su goce. “Trato de decir que el arte está más allá de lo simbólico. El arte es un saber-hacer, lo simbólico está en el principio del hacer. Creo que hay más verdad en el decir que es el arte que en cualquier bla-bla-bla” (Seminario 24, 18/1/1977)
Si hay un texto ¿qué se intenta escribir? Lo que no cesa de no escribirse (la relación sexual) o lo que habla a expensas del sujeto de ese No hay.
Para finalizar, una poesía de Jorge Luis Borges que me inspiró e hizo de brújula para este escrito.

Signos
Hacia 1915, en Ginebra, vi en la terraza de un museo una alta campana con caracteres chinos. En 1976 escribo estas líneas:
Indescifrada y sola, sé que puedo
ser en la vaga noche una plegaria
de bronce o la sentencia en que se cifra
el sabor de una vida o de una tarde
o el sueño de Chuang Tzu, que ya conoces
o una fecha trivial o una parábola
o un vasto emperador, hoy unas sílabas,
o el universo o tu secreto nombre
o aquel enigma que indagaste en vano
a lo largo del tiempo y de sus días.
Puedo ser todo. Déjame en la sombra.

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