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2021

Estefanía Bonifacio

Practicante de psicoanálisis. Aficionada a la poesía y la fotografía. Hija, hermana, esposa, mamá de Dante, amiga de sus amigas y amigos, humana de Nakata, Nala y Blanquito.
Una persona quiere vivir en un lugar feliz, en un poema 1

“Arriesgar la vida” (...) ¿Significará necesariamente enfrentar la muerte y sobrevivir?... ¿o bien habrá, inserto en la vida misma, un dispositivo secreto, una música capaz por sí sola de desplazar la existencia hacia esa línea de batalla que llaman deseo?2
Anne Dufourmantelle

La invitación o introducción para escribir:
Cuando recibí la invitación a escribir para esta nueva sección de Cita en las Diagonales, “Un esfuerzo más, en nuestro loquero, para los jóvenes analistas” significaba para mí otra cosa. Ahora, el esfuerzo es otro. Ahora, el loquero -ése que es nuestro porque es el que compartimos y ése que es nuestro porque es el de cada uno, en su máxima diferencia- es otro. Cuando recibí esta invitación no estaba el coronavirus en el mundo. O más bien, estaba. Había un virus en otra parte del mundo, un mundo que no es tu mundo hasta que se aparece en el pequeño mundo de cada uno.
Hoy personas se mueren todos los días. Hay cifras que con la certeza de sus números no logran aprehender, medir o mesurar lo que implican: son los abuelos y abuelas de alguien, los padres y las madres de alguien, una hermana, un hermano, un

1 Mary Oliver: verso extraído de Singapur. En: Contéstame, baila mi danza. 13 poetas norteamericanas.
2 Anne Dufourmantelle: Elogio del riesgo. Nocturna editora & Paradiso editores, Bs. As., 2019, p.11
amigo…., son el dolor de los que quedan y el dolor de los que se fueron, sin abrazo ni despedida. También, el valor de los que arriesgan su vida para cuidarnos, para atender y dar batalla a este flagelo. Y el valor de nosotros mismos que respondemos, uno por uno, cuidándonos, cuidando al otro, quedándonos en casa.

Un esfuerzo más entonces, un esfuerzo por escribir, por introducir un punto de detención en eso que llamamos “nuestra realidad”. Escribir desde el adentro de nuestros cuerpos aislados en cuarentena. Y cuando se trata de responder, las generalidades se acaban. Sólo podemos responder desde y con lo de uno. Y allí donde todo está cambiando, me encontré con lo de siempre. Esos arreglos que hacen soportable la existencia, cosas de la que uno se agarra y de las que extraemos un plus, un plus de vida, un plus de satisfacción, un respiro. En mi caso no hay más que dos o tres, los lazos con mis seres queridos, mi trabajo como psicoanalista, y la afición por la poesía y la fotografía.

La emoción en la fotografía o la imagen poética:
Decidí entonces tomar la ocasión para escribir algo sobre sobre esa pasión de la que he estado echando mano en estos días, sacar fotografías, mirar fotografías.
Hace unos años cuando realicé por primera vez un taller de fotografía, el profesor dijo algo que nunca olvidé. Nos dijo que una buena fotografía no la hace una buena cámara sino el ojo detrás del lente y que la foto sólo se completa con la mirada de

ese otro que la mira, y que sin ese otro y su mirada, la foto no existe. Y agregó que, si podíamos lograr una fotografía ante la cual alguien detenga el deslizamiento de su dedo en la pantalla del celular y la mire por más de 3 segundos, podíamos darnos por satisfechos.3

Ahora bien, ¿Qué tienen, qué muestran, qué dicen, esas fotografías que capturan nuestra atención por más de 3 segundos? Esas fotografías que logran detenernos, sustraernos del magma infinito de las imágenes, y tocarnos. Tocarnos de un modo tan real y concreto como la emoción que nos embarga cuando las miramos. 

Por suerte, esta pregunta no tiene respuesta, o la respuesta es en sí misma un misterio. Es decir, la respuesta es “esa” o “esas” fotografías que te conmueven y la fotografía es un misterio. O como dijo Diane Arbus, un secreto: “Una fotografía es un secreto sobre un secreto. Cuanto más te dice, menos sabes”4. Y bien, no sabemos pero sí sentimos una emoción. Ésta se presenta a secas, aunque quede indefinido el espacio de dónde proviene, sea de la imagen fotográfica, de nuestro propio cuerpo que la mira, o del corazón de quien ha tomado la fotografía. Cuando esto sucede, podemos decir que estamos ante una imagen poética (sea una fotografía, un poema o cualquier objeto artístico).
3 Aprovecho la ocasión para agradecerle a Emmanuel Frezzotti su apasionada transmisión.
4 “Five Photograhs by Diane Arbus”, Artforum, Mayo 1971. Citado en: Vivian Maier a Photographer Found. John Maloof, Texto de Marvin Heiferman. 2014, p.22
En este sentido, me gustó la idea que plantea Alicia Genovese respecto de la imagen poética. Siguiendo al cineasta Andrei Tarkovski quien decía que la captación emocional del mundo trasciende el pensamiento del artista, la autora dice que una imagen poética “puede provocar el ensanchamiento de cualquier a priori conceptual por su capacidad sensorial y aglutinante.”  Y que:  “En esa apertura de la visión que constituye la imagen, reside el primer movimiento de aquello que puede superarnos, dejarnos desprovistos de las seguridades del saber”5

Vivian Maier o el valor de una mirada:
Si hay fotografías que logran capturarme por más de tres segundos y producirme una emoción, son las fotografías de Vivian Maier (Nueva York 1926-2009). Una fotógrafa tan misteriosa como la poesía de sus imágenes. Pero no soy una crítica de arte, ni me interesa analizar su fotografía, ni mucho menos a la artista. Sí me interesa intentar transmitir la enseñanza que el rastro de su mirada ha dejado en mí y por qué no (ya sería un plus), contagiarles las ganas de mirar sus fotografías si es que no la conocen.6
Vivian Maier fue niñera prácticamente toda su vida y también una aficionada a la fotografía. Poco sabemos de ella. Ella así lo

5 Alicia Genovese: Sobre la emoción en el poema. Edit. Cuadro de tiza. Santiago de Cile, 2019, p. 9-10
6 En la web podemos encontrar los portfolios que John Maloof a compartido en: www.vivianmaier.com y el documental de John Maloof (nominado al Oscar en 2014) “Finding Vivian Maier” subtitulado en español en: click aquí
quiso. Los que la conocieron, adultos que fueron los niños a los que ella cuidó, familias en las que trabajó, alguna amiga, algún vecino, la describieron como alguien solitaria, excéntrica, paradójica… ellos han atestiguado sobre los diferentes medios a través de los cuales mantenía oculta su identidad: dando diferentes variaciones de su nombre (Mrs. Maier, Mayer, Meyer, B. Maier, Smith, V. Smith); o a través de su particular modo de vestirse para tapar su imagen, o hasta en su singular modo de hablar como con cantito francés (para algunos imitación, para otros sellos indecisos de su origen) entre otros artificios radicales como mantener su habitación bajo llave. Diferentes modos de ponerse a salvo, de aislarse para preservarse, de la mirada del otro que se le volvía una intrusión imposible de soportar.

Así como no mostraba su identidad, tampoco dio a ver sus fotografías. Ella misma no vió más que algunas, dejando un legado de alrededor de 150.000 fotografías que permanecen inéditas o sin revelar.  Lo cierto es que en el 2007 la suerte quiso que John Maloof, un joven de 27 años, comprara en una subasta una caja llena de negativos por 380 dólares, quedara fascinado por las imágenes encontradas, emprendiera una colección y la búsqueda de esta misteriosa mujer detrás del lente, con una única obsesión: hacer pasar a Vivian Maier a la historia de la fotografía.
Y bien, hoy existen las fotografías de Vivian Maier. Desde que John Maloof publicara por primera vez 200 fotografías escaneadas en un blog y éstas se viralizaran rápidamente,

provocando el júbilo de los internautas. Desde entonces, más allá del reconocimiento por el sistema del arte, y más allá de la voluntad de su autora, sus fotos recorren el mundo. Pero ¿Cuál es la magia, el magnetismo que provocan sus fotografías? Nuevamente, la respuesta es un misterio, la respuesta es otra vez esa alquimia que se produce entre una imagen poética y quien es atravesado por ella.

Su obra en su mayoría de los años ‘50s, ’60s y ’70s de la que se conoce tan solo una pequeña parte, está conformada en su gran mayoría por retratos, escenas de la vida cotidiana y urbana de su época, siempre atenta a las rarezas de las personas y de la vida, con una sensibilidad especial por el gesto irrepetible y único, y con una sensibilidad especial su entorno y a la calle. Con su cámara que llevaba siempre colgada al cuello como una parte más de su propia anatomía, hacía robados sí, pero también lograba una cercanía que, desde una distancia óptima, conectaba con lo más propio de sus fotografiados.

Se podrían enumerar varios temas en sus fotografías pero un capítulo especial lo constituyen los niños y sus autorretratos en una época donde no existía la selfie, momentos en los que ella aparece en la escena, en un reflejo, en una sombra. Joel Meyerowitz (fotógrafo) dice en el documental que John Maloof hiciera sobre su vida: “Sus fotografías muestran ternura, un estado de alerta inmediato a las tragedias humanas, y momentos de generosidad y dulzura. Muestran a una persona observadora y atenta. Es probable que haya sido niñera porque
tenía esas capacidades.” Vivian Maier no quiso o no pudo, no lo sabremos, mostrar sus fotografías. Sí guardó todas sus cajas, montañas de negativos, rollos, y cintas de video. Más que interesada en que otro las mire, lo que sí sabemos es del valor que esas capturas tenían para ella. A la caza permanente de eso convocaba su mirada.
Quizá no sea azaroso que hoy, en el aislamiento de una cuarentena por un virus que pone en riesgo nuestras vidas, me encuentre nuevamente volviendo a las fotografías de Vivian Maier. Como dije, cada uno se agarra de lo que puede, o se inventa algo. Un esfuerzo más, un esfuerzo de poesía. Cada uno libra su pequeña gran batalla en el campo del deseo, en singular, y responde con su propia poética por el riesgo de vivir. Creo, porque creer es apostar, en nuestra capacidad de crear, en los pequeños juegos, en los pequeños artificios que nos provocan emoción, instantes en los que sentimos y nos sentimos, artificios que nos permiten hacer un link con lo más propio, aunque desconocido o secreto y hacer un link con el afuera y con el otro, soportar la existencia o las adversidades de la vida y extraerle un plus, un respiro. Sí, una persona quiere vivir en un lugar feliz, en un poema.
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