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2020

Constanza Michelson

Psicoanalista y escritora. Autora de “50 Sombras de Freud” (Catalonia), “Neurotic@s” (Planeta), “Hasta que valga la pena vivir”  (Paidos). Miembro del colectivo Tres tristes tigres creadores del “Coloquio de perros”.

La Tercera

Columna de Constanza Michelson: Futuro.

Cierren los ojos un segundo. Recuerden cómo imaginaban el futuro hace un par de décadas. Me parece que era plateado, galáctico; seguramente ese futurismo fue la posibilidad que dejó “el fin de la historia” (de las utopías). Vuelvan a cerrar los ojos, ¿cómo han imaginado el futuro los últimos años? Pienso que muchos dirían que no ven nada, quizás un desierto, o un modelo nuevo de lo que ya hay.
No habíamos atendido a la gravedad de vivir en tiempos sin futuro, aun cuando hoy vivamos más. Somos hijos del nihilismo y eso no podía no traer consecuencias; es lo que se ha llamado crisis de salud mental.
Si hay algo que estalló en la revolución de octubre, la nuestra, es el sinsentido de una modernización que dejó de tener resonancias para muchas personas. Aunque la revuelta no traiga una utopía –y mejor que así sea, aunque los expertos en revoluciones reclamen… a fin de cuentas, las utopías suelen transformarse en pesadillas– hay deseo de transformación y eso es la invención de la posibilidad de un futuro y, a la vez, el develamiento de que lo distópico no es una ficción imposible, sino que ya convivimos con varios elementos de ese orden.
Las distopías implican llevar al extremo una idea. 1984 de Orwell es el sueño del control y la seguridad, Un mundo feliz de Huxley el de la liberación del hedonismo. Aunque opuestos,

ambos proyectos llevan a la destrucción, porque se trata del uso de la racionalidad y la voluntad a secas, contra todo límite y articulación con sus contrarios. Es la certeza que define a la locura.
Por supuesto que hay locura hoy. El proyecto de convertir todo en mercancía, la tierra, el agua, aunque luego no podamos respirar. Los objetos se denigran como cosas, ya no se aman, se los trata como despojos que no reflejan nada de lo humano, se usan, se botan, a veces también las personas hacen lo mismo con otras. Sin cuotas de deshumanización el proyecto neoliberal no sería posible. Parte de la compasión profunda ha sido sustituida por una estética kitsch e infantil –lo infantil imaginado por cierto, porque la niñez lejos de parecerse a un gatito tierno es existencial– como si sólo se pudiese amar aquello que parece purificado de mal.
Para muchos, cuidar la vida se ha vuelto nada más que otro bien, al que hay que proteger de manera paranoica con dietas y suplementos. Si todo esto puede leerse en clave distópica es porque borra el futuro a través de un presentismo, en que se vive como si el mundo se acabara en los contornos de la propia piel. Es la queja que se le hace a los viejos que no apoyan los cambios que favorecerían a sus hijos. Pero es también una queja que se le puede hacer a los jóvenes que actúan como si la justicia debiera acabar en su generación. Pienso, por ejemplo, en lo problemático de las funas. Escribo esto cuando se acaban de conocer dos nuevos feminicidios, y no puedo dejar de reconocer su legitimidad frente a los casos de
impunidad de violencia machista. Pero, al mismo tiempo, no veo la exaltación de esa vía como un futuro. Básicamente por los que vienen, ¿cómo hacer que las niñas y niños aprendan a negociar sus conflictos como iguales y crecer como aliados? Lo vinculante es una de las propuestas más importantes de Rita Segato, la antropóloga feminista que inspiró a Las Tesis. Sin embargo, no suele ser esta idea la más popular mediáticamente.

Mucho menos futuro –aunque les encanta hablar de "innovación"- veo en la bochornosa consulta ciudadana de las comunas más ricas: mientras que en el resto del país se trataron temas sobre cambios colectivos, como la Constitución, las suyas dedicaron gran parte a temas de seguridad. ¿Pueden los ricos de hoy acaso soñar? ¿Aunque sea algo para otros? ¿O sólo viven en el temor de ser robados?
Faltan "madres" escribe el filósofo Santiago Alba Rico y en su lugar nos hemos llenado de "solteros". Por cierto, no habla de la condición civil de una persona, sino de una posición ética: quienes cuidan de otros comparados con aquellos desamarrados de algo más allá de sí mismos, "solteros" son quienes viven como un punto final. ¿Cómo empujar una ética laica del cuidado? Cuidar (no cuidarse de otros) es un gesto de humildad porque dona un futuro, pensar la vida más allá de la propia. Una nueva Constitución es de futuro si está proyectada para que no haya más huérfanos.
The Clinical.Cl
Columna de Constanza Michelson: Sobre la violencia (o “están todos duros”)
“Están todos duros”, dijo mi amiga Paula que vive en la zona cero. Nunca le habían ofrecido tanta cocaína en la calle como en estos días. Literal o no, metafóricamente al menos, es coherente: la estética de la batalla es jalada, porque es masculina (o la fantasía de esta), potente, erecta, dura. Sin contradicción. Sobre eso precisamente habla Freud en sus escritos sobre la cocaína; encuentra sospechosamente en ella La Solución a demasiadas afecciones, no solo orgánicas, sino que también psicológicas, como por ejemplo la vergüenza y la inhibición. Describe cómo bajo sus efectos se le pasa el síndrome de segundón frente a sus maestros o con el padre de la novia.  La cocaína es una droga que re-emascula, borra – o hace como que borra – la fragilidad, lo que para una lógica masculina ha sido fundamental para constituirse como tal. Freud deja la fantasía sobre la cocaína (no la droga en sí) cuando descubre que no hay cura sin contradicción, sin pasar por lo que nos rompe, y sobretodo sin que el malestar se transforme en un conflicto en el campo de la palabra.
La lógica de la guerra es jalada, porque para cerrarse en la propia razón al otro se lo deshumaniza, debe convertirse en otro que no tenga nada en común conmigo, ni siquiera la humanidad. Es una alteridad radical, narco, alien, paco culiao. Esta lógica que ha quedado tan en evidencia estos días porque se ha desplegado sin velo, venía ocurriendo de todas maneras;
la ensayista Annie Le Brun escribe que no todos los modales de guerra fueron absorbidos con la vuelta de los soldados a la ciudad en el siglo XX, sino que parte de ellos se reciclaron en el lenguaje y prácticas de la guerra financiera: competir, destruir, saquear, abusar. Asimismo, la antropóloga Rita Segato llama pedagogía de la crueldad a la ética y estética neoliberal, que requiere deshumanizar para llevar a cabo su proyecto de volver todo mercancía. ¿De qué otro modo sería posible arrasar con comunidades enteras, permitir “zonas de sacrificio”, desentenderse de la fragilidad en que se deja a gran parte de la población con la privatización de la vida? Solo con la lógica de guerra.
La humanidad no está garantizada. Bajo ciertas operaciones, podemos desvestir al otro de política y volverlo solo cuerpo, carne sin sentido. Por ejemplo, el espectáculo de los muertos en el mediterráneo, esos puntos en el mapa que nadie reclama, que ni siquiera tienen categoría de víctimas, exiliados, ninguna jurisdicción que se haga cargo. Mientras los turistas se bañan en esas mismas aguas. Eso tiene también lógica de guerra
“Estamos en guerra”, dijo el presidente desde el comienzo, lo obligaron seguramente a recular, sin embargo, se ha actuado en esa lógica. Lo que llama paz, está dicho también en lógica de guerra: que vuelva el orden.  Y eso es lo que quizás el gobierno no comprende, que no puede hacer ofertas bajo esa impronta. No funciona. Se pone “duro” el gobierno, se pone “dura” la calle.
Los estados tienen el monopolio de la violencia, a condición de que la usen lo menos posible. En la medida en que se ubica como enemigo al propio pueblo, se quiebra el pacto. Luego una cantidad de personas no violentas comienzan a apoyar esa vía de resistencia. Ha ocurrido en diversos lugares del mundo, estos días en Chile los encapuchados que en manifestaciones anteriores hacían desmanes al final, pasaron de atrás hacia delante, “la primera línea”, convirtiéndose en una especie de guerreros del pueblo. No se sabe finalmente quién es el escudo humano de quién, si ellos de los manifestantes o viceversa, como sea, se afirma la guerra.  Y quizás lo más incómodo de reconocer es que hay en el heroísmo y la destrucción un goce, por eso cuando se desata es difícil de apaciguar. Porque quienes al fin tienen una retórica de un sentido de vida, luchar por algo, o quienes tal vez por primera no son más un punto en el mapa, y se les otorga una subjetividad política – los soldados de su pueblo – encontrarían deseable volver a una normalidad en que sus cuerpos no eran más que intrascendencia. Recuerdo acá al sociólogo Luigi Zoja que piensa que es posible que en parte la guerra sea un invento masculino, precisamente, para negar la insignificancia.
La violencia tiene una complejidad que obliga a pronunciarse más allá del escándalo. Es imperativo comprender que el uso de la violencia estatal crea más violencia, que no se puede suscribir un acuerdo de paz sin justicia ni impunidad en relación a los derechos humanos, mientras que del otro lado, si bien es posible sostener que el pueblo legítimamente puede resistir de manera violenta, hay que preguntarse si a la vez la canallada no
es de vuelta relegar a los cuerpos de los jóvenes – quizás antes nihilistas – a un sentido suicida. Hacer romanticismo del combatiente tiene la trampa de “los valientes soldados”: la carne de cañón resultante de la cobardía o ineptitud de la política. “Quiero tirarme a un capucha”, “amor de primera línea” se lee en los muros de concreto y los digitales, y se me viene a la cabeza “Rose” la protagonista del Titanic, bajando al cuarto subterráneo para gozar su fantasía erótica, pero a fin de cuentas solo ella tendrá un futuro a llegar a puerto (de hecho, llega); es lo que históricamente se ha hecho con los cuerpos de los más pobres, usarlos. ¿Quién se está haciendo cargo de las consecuencias de seguir envalentonándolos? Al mismo tiempo es justo decir, que hasta acá, el habla sobre armas, disparos, ejércitos privados, no ha venido desde ahí, sino que de personas con discursos de derecha. Luego del combate del fin de semana en Las Condes, vimos que ahí también están “duros”.
¿Qué hay después del combate? Hannah Arendt decía que el verdadero momento revolucionario era constituir algo. De otro modo, liberarse no quedaba más que en la épica de un combate estéril. La libertad, en esto la sigo, es una construcción que implica un espacio público en que los deseos de las personas sean oídos en igualdad política. Un espacio público no es algo natural, se inventa. A diferencia de la lógica de la guerra, la lógica política implica que los enemigos se sientan en una mesa común y se reconocen – aunque adversarios – como iguales. Pienso que eso es dignidad. Curiosamente,
hace muchos años Carlos Peña escribió una columna sobre el conflicto en la Araucanía, haciendo hincapié en la relevancia de lo simbólico, decía que debía dejar ser llamado conflicto mapuche y pasar a llamarse conflicto chileno-mapuche, como forma de reconocer la igualdad política. Por el contrario, la crítica que se le ha hecho esta vez fue por sus declaraciones respecto de que el estallido en parte venía de un asunto generacional. Que seguramente lo es, pero es mucho más que eso, se configuró acá un pueblo. Y no reconocerlo es un grave error político.
Afirmar que no se puede hacer política porque no hay liderazgos definidos, ni demandas escritas en un petitorio, es no comprender que de esto van las manifestaciones del siglo XXI, son lógicas de la revolución digital que ponen en cuestión a la democracia en su forma representativa.  Antes que usar las herramientas del siglo precedente a secas, es necesario acá la imaginación política. Es cierto que se debe transformar la horizontalidad de los movimientos sociales en algo de verticalidad, pero quizás incorporando otras imágenes que las de algo unificado como un partido o un bloque, sino que otros nombres para lo común, asambleas, coordinadoras. 
Quizás desde la mente del hombre práctico (ese lenguaje despolitizado del neoliberalismo) esto se resuelve con ofertas, un paquete de soluciones, una nueva Constitución, pero cambiándole el nombre al mecanismo, “si total es lo mismo”, ¿por qué cambiarle el nombre entonces? En ese gesto está precisamente el asunto de reconocimiento que acá está en
juego. Disculpen una breve digresión, pero se parece a lo que ocurre en el mal amor, en que alguien pide ser escuchadx y la pareja responde con soluciones, creándose el típico conflicto en que (generalmente) ella dice que escuchar no es eso, que no quiere respuestas, sino que un interlocutor para poder elaborar una respuesta de la que también es parte creadora. Eso es escuchar, eso es política en su sentido más profundo y digno: espacios en que hay oportunidades reales de participación y de acción conjuntas, que por cierto generan a la vez responsabilidad política sobre el pacto al cual se va a obedecer.  Por cierto, esa es la parte más luminosa de esta revolución, conversaciones, creaciones, cuerpos dialogando y tocándose al fin, tras un largo periodo de encierro y sospecha mutua. No digo que una ruptura como esta no asuste (también tengo miedo. Y a la vez no), pero pienso que son estas instancias las que el individualismo más férreo, de quienes se encierran en sus casas no ven, por eso el miedo extremo los pone duros también.
Cuando se rompe el pacto con la palabra, hay violencia, porque el cuerpo es el último lugar en que podemos existir cuando no hay posibilidad de sentarse en una mesa común. Lo que no se elabora en la palabra, el cuerpo lo recuerda en acción decía Freud. Y en el campo de la palabra no hay La solución, hay política, que es el espacio de negociación de las tensiones.
Lo que acá está en disputa es el sentido de la democracia y la política para el nuevo siglo que ha abierto la boca. Pero
también algo más, un sentido común, aunque muchos estén escépticos, sobre qué es lo humano. Bastante hemos hablado sobre el temor a que las máquinas nos reemplacen, sin embargo, hasta cierto punto ¿no nos hemos transformado nosotros en máquinas, capaces de autoexplotarnos, intolerantes, cerrados en operaciones mentales binarias “tú o yo”, cabezas de guerra?  ¿Necesitábamos cosas o estar con otros? escuché preguntarse a una mujer hace poco, quizás esa haya sido nuestra crisis de salud mental.
Una revolución tiene riesgos. Existe la repetición más trágica de la historia que varios anuncian, pero existe lo indeterminado, ese es el espacio donde caben nuestras responsabilidades políticas para inventar nuestro destino. Al menos una idea para pensar el futuro es abandonar la ideología de que la vida se soporta estando duros, esa es la política basada en la seguridad: la fragilidad se cubre defendiéndose de otros. ¿Qué pasa si por el contrario, la política se hace desde el reconocimiento de las vulnerabilidades? Hasta acá el cuidado ha sido relegado al ámbito doméstico, pero es una categoría profundamente política. 
La trascendencia no es el heroísmo, es la perpetuación de la especie, cuidando de otros y del mundo.
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