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2021

Adriana Kasuda

Madre, abuela y bisabuela. Con un deseo fuerte.
Licenciada en Psicología. UNC (Universidad Nacional de Córdoba).
Actualmente se encuentra cursando la MaTPsiL (Maestría en Teoría Psicoanalítica Lacaniana).
Miembro de AMP (Asociación Mundial de Psicoanálisis).
Fundadora y Coordinadora de TyA (Red Mundial de Toxicomanía y Alcoholismo).
Secretaria en Biblioteca EOL Córdoba.
Secretaria de Carteles EOL Córdoba.
Intervino en la Jornada Clínica de París, IX Congreso Internacional de AMP. Año 2014. Asimismo, disertó en diversas Jornadas y Congresos nacionales e internacionales de AMP.
Experiencia profesional destacada:
Directora del Centro de Tratamiento de Menores. Consejo del menor, Córdoba.
Subdirectora del hogar de ancianos “Padre Lamonaca” de la Municipalidad de Córdoba.
Publicaciones:
Un lugar donde encontré al lado de mi pie una calco que decía “I love Katsuda”. Revista Exordio. El psicoanálisis en la cultura. Nº 2. Córdoba. Año 2010
Datos de contacto:
Teléfono: 3515224088 Mail: adriana.katsuda@hotmail.com

El amor y el film Jojo Rabbit

Este film del año 2019, escrito y dirigido por Taika Waititi, está atravesado por la conocida y al mismo tiempo enigmática frase de Lacan: “El amor es dar lo que no se tiene, a quien no lo es”. Nada más claro que lo que esta película nos entrega.
Jojo, militante nazi, ama a su madre, con quien convive, y de quien supone también la misma militancia.
¡El amor! ¡el amor!.
El pequeño Jojo ama a Hitler (su amigo invisible), esa identidad constituye su gran tesoro, ser nazi aporta a su ser una filiación que lo ama-rra. Eso es lo que tiene: su gran amigo Yorki, un militar nazi (el capitán)  y su madre, son lo único que este niño tiene.  Todo esto forma parte de su vida e ilusiones, hasta que descubre que su madre oculta en un desván a una chica judía. Esto lo sorprende en un primer momento.
Luego, Jojo se enamora de la chica judía a pesar de él. Ese nuevo lazo lo lleva a hacer entrega de escritos, dibujos y lápices a su amada. Él se encuentra cuidándola y dándole lo que no tiene. Desaparece su ser de nazi para que aparezca para ella, destinado a ella, algo que no tenía. Ella no era lo que él, Jojo, creía, no obstante es a ella a quien le entrega su “no ser”.
Del mismo modo, cuando se pierde la guerra, y ante el peligro que supone para Jojo ser alemán, su amigo, el militar nazi, lo reinventa judío, rechazándolo con desprecio ante la mirada del yankee, dispuesto a matar a cualquier nazi. Un acto de amor con el que logra salvarlo. Ese odio nazi que el capitán encarnó,
desapareció por amor y le entregó lo que no tenía a quien no lo era. Jojo es un judío en ese momento, y el capitán le manifiesta todo su repudio solo por amor.

Así fue como logré conocer a mi abuelo
Un encuentro, un nuevo amor.

Atravesar el confinamiento anudó un espacio que merodeaba mi vida, que me halagaba y al mismo tiempo me resultaba inquietante y oscuro, aun sabiendo algunas notas que musicalizaban esa desconocida parte de un saber ancestral, y que sonaban como tenues acordes que rodean un misterio: el misterio en torno a la detención de mi abuelo.  ¿Cómo pude vivir sin un saber que me envolvió e interrogó tanto que llegué a convertirlo en un arcano pegado a mi piel?
Cuando un enigma de antaño, un secreto, tropieza con lo real, con lo más íntimo y lo más éxtimo, aquellas desordenadas notas musicales intentan ajustarse a un discurso que no lograba ingresar a mi subjetividad. Le estaba vedado el pasaje a un saber.

“La contingencia  la encarné en el cesa de no escribirse. Pues no hay allí más que encuentro…” (Lacan, J. Seminario 20: 175), un encuentro de amor. No está escrito y la contingencia entre la detención de mi abuelo y la mía inscribió mi ser.

El deseo y la canción que desentonaba articularon este encuentro que ocurrió cuando me detuve en ese incomprensible momento histórico ligado a la Segunda Guerra Mundial. Precisamente, cuando yo y mis congéneres atravesamos la tercera guerra, una guerra que viene de oriente, como yo: guerrera. Fue necesaria esta guerra, esto
desconocido que me reencontró con algo entrañablemente familiar, demasiado interior y también exterior.

Desde Oriente resonó aquella respuesta largamente esperada. Oriente, desgarrando al mundo occidental hizo una pausa y me entregó una pieza de mi enigma a partir de una palabra: detenido. El grito de la guerra y el significante “detenido” hicieron un impacto en el momento en que yo padecía mi detención y la del mundo, también nombrada con fin amiento. Por fin, se acabó la mentira.
Mi abuelo había estado detenido casi un año en un hotel en La Falda, una localidad de las sierras de Córdoba.  Mi con fin amiento iluminó el de mi abuelo japonés. Investigué, y supe que Argentina se alió al eje conformado por Alemania, Italia y Japón en la Segunda Guerra Mundial y que, cuando esa guerra se perdió, Estados Unidos le pidió a Perón, entonces presidente, que le enviara a los japoneses residentes en Argentina a cambio de prisioneros.
Las piezas del rompecabezas se alinearon  como un eje. Eje del que formamos parte en esa guerra, solo que en este caso el eje me concernía en lo más profundo, era mi eje, la columna vertebral de mi ser. Gracias a esta detención supe la causa por la que mi padre viajaba en moto desde Córdoba a La Falda a visitar al suyo. Él vino de Buenos Aires a Córdoba a estudiar, y le tocó estar cerca de su padre en esa dura experiencia.
Esta pieza musical ya daba sus frutos, había logrado que ese ritmo acomodara mi cuerpo y mi ser. Supe que Perón se negó a enviar como prisioneros a los japoneses residentes en

Argentina y los protegió enviándolos a diferentes lugares de exclusión. Un grupo de ellos, de casi cien personas, entre las que estaba mi abuelo, fue enviado al Hotel Edén en La Falda.
Fue a partir del significante “detenida” que el deseo de saber acentuó una curiosidad, que ya no era una amenaza que mantenía un extraño goce de extranjerización, ahora era  yo una extranjera protegida. Siempre extranjera, siempre por fuera, siempre rodeando mi verdad.

Hay armé mi copia, mi legítima y mentirosa mujer japonesa. Armar el rompecabezas de mi abuelo deconstruyó la historia que nunca estuvo construida. ¿La música? la canción “De igual a igual” de León Gieco. Canción que, parafraseándola, dice así:      japonés en Argentina, gracias a Perón
Si me pedís que vuelva otra vez donde nací
yo pido que tu empresa se vaya de mi país.
Perón me dio la identidad, porque no había empresas, eran trabajadores. Así conocí a mi abuelo. 

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