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2017

José R. Ubieto

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Bullying: el acoso a la subjetividad

La experiencia subjetiva del bullying tiene un carácter traumático. Los testimonios que encontramos en la clínica y en la literatura así nos lo confirman. Se trata de un acontecimiento que deja huellas indelebles, diferentes para cada uno, hasta el punto que a veces tienen que pasar décadas para poder hablar de ello.
Los analizantes adultos se refieren a él como algo que sucedió en su infancia y adolescencia, y que guardan como un secreto. Los artistas tratan ese real traumático mediante la sublimación que la obra de arte les procura. Es su manera particular de exorcizar los fantasmas que les han acosado todo ese tiempo.
Algunos incluso quieren verificar en la realidad, mediante encuentros posteriores con sus acosadores, eso que sufrieron como un sinsentido, algo para lo que entonces no encontraron una explicación, más allá de los lugares comunes (ser rara, un friki,..). Es el caso de Anna Odell, directora de cine sueca, autora de The Reunion (Aterträffen, 2013), film que recrea una reunión de antiguos alumnos a los que ella reprocha el acoso sufrido. O el del escritor y periodista catalán Sergio Vila-Sanjuán que convoca también una reunión de ex - alumnos con el acosador años más tarde, en El club de la escalera, para confrontarlo a sus actos. En las dos obras la iniciativa parte de las víctimas, que tratan de elaborar ese acontecimiento para encontrar un sentido que les procure más tranquilidad que venganza, si bien esto último no está excluido.

Claves de la actualidad del bullying

¿Qué habría de nuevo en nuestra época para explicar las formas actuales que toma este fenómeno? Sin ánimo de exhaustividad podemos aportar cuatro causas a considerar:
  1. El eclipse de la autoridad encarnada tradicionalmente por la imago social del padre y sus derivados (maestro, cura, gobernante). No se trata tanto de ausencia de normas -haberlas haylas- sino de valorar la autoridad paterna por su capacidad para inventar soluciones, para transmitir un testimonio vital a los hijos, a esos que como Telémaco, hijo de Ulises, miran el horizonte escrutando la llegada de un padre que no acaba de estar donde se le espera, para acompañar al hijo en su recorrido y en sus impasses.
  2. La importancia creciente de la mirada y la imagen como una nueva fuente privilegiada de goce en la cultura digital. Ante eso se trata de no quedar al margen como un friki o un pringao. Junto a la satisfacción de mirar y gozar viendo al otro-víctima hay también el pánico a ocupar ese lugar de segregado, quedar así overlooked (Lacan, 2014).
  3. La desorientación adolescente respecto a las identidades sexuales. En un momento en que cada uno debe dar la talla, surge el miedo y la tentación de golpear a aquel que, sea por desparpajo o por inhibición, cuestiona a cada uno en la construcción de su identidad sexual.
  1. El desamparo del adolescente ante la pobre manifestación de lo que quieren los adultos por él en la vida y la subsecuente banalización del futuro. Esta soledad ante los adultos y la vida supone una dificultad no desdeñable para interpretar las fantasías y las realidades que puede llevar al extravío y a la soledad. Entre los refugios encontrados en los semejantes, la pareja del acoso es una solución temporal.
Una falsa salida para los adolescentes
En una reciente investigación que hemos dirigido (Ubieto, 2016), constatamos como el acoso es una falsa salida por la que algunos adolescentes optan de manera temporal. Eso explica que para muchos adultos confrontados a su pasado de acosadores, y sobre todo de testigos, lo sucedido fue “una cosa de niños, de adolescentes idiotas”. Para ellos fue una respuesta a un impasse, del que luego salieron de una manera u otra sin que lo sucedido les dejase una marca específica, como sí ocurre con las víctimas.
Esa diferencia de posiciones constituye la lógica misma de la escena del acoso. No importan mucho las razones, se trata de lugares y de lazos diferentes. Oskar, protagonista de la novela de John A. Lindqvist Déjame entrar, experimenta esa diferencia que lo sitúa como chivo expiatorio de la clase: “El grupo que estaba fuera se dispersó, abriendo camino a Oskar hasta la puerta. Él, en realidad, no se había esperado otra cosa. Tanto si era porque irradiaba fuerza o porque era un paria maloliente al que había que evitar, eso era lo de menos. Él ahora era de otra especie. Los otros lo notaban y se apartaban”.
Habitar el propio cuerpo siempre plantea dificultades ya que en muchas ocasiones se nos hace presente bajo la forma de una alteridad. Lacan lo anticipaba en 1967: “El Otro, en última instancia y si ustedes todavía no lo han adivinado, el Otro, tal como allí está escrito, ¡es el cuerpo!” (Lacan, 1967) 1.
El cuerpo es ahora el nuevo partenaire del adolescente que se emociona y trata de manipularlo para calmarlo, cuando le agobia demasiado. Esa manipulación admite hoy muchas variantes: desde el piercing hasta el tatuaje pasando por formas más extremas como los cortes o escoriaciones en la piel. También ese cuerpo puede envolverse y marcarse como mandan los cánones de la moda. Incluso puede muscularse, adelgazarse u ofrecerse al otro para su satisfacción. El recurso a los tóxicos, medicamentos o drogas, es también habitual.
La manipulación del cuerpo es la manera de responder a las demandas del cuerpo cuando no se encuentra una traducción satisfactoria de lo que pide o exige. Piensan que si manipulan con acierto su cuerpo dejará de ser un saco extraño, un colgajo, y se reconvertirá en una maleta manejable. Una maleta para acarrear, usar o guardar según circunstancias. El cuerpo es pues un misterio hablante y en todos los casos se ve cómo las palabras no terminan de dar una significación a esa novedad que experimentan, y por ello la acción es inevitable. El manejo de la lengua de los adultos no los hace funcionar en la vida ni en el saber hacer con el cuerpo. Como nos confiesa Paula, adolescente de 15 años, “mi madre habla y parece que no dice nada, suena a falso”. Esa lengua paterna no les deja sentir lo

1 Clase del 10 de mayo de 1967.
auténtico, no les sirve y tampoco vale la pena perder tiempo en discutir.  Los mayores, con sus maneras de hablar y pensar, quieren liar, embrollar, rallar.
Haruki Murakami, en Tokio Blues, es sensible a estas dificultades: “No puedo hablar bien. Me pasa desde hace un tiempo. Cuando intento decir algo, solo se me ocurren palabras que no vienen a cuento o que expresan todo lo contrario de lo que quiero decir. Y si intento corregirlas, me lío aún más, y más equivocadas son las palabras, y al final acabo por no saber qué quería decir al principio. Es como si tuviera el cuerpo dividido por la mitad y las dos partes estuvieran jugando al corre que te pillo. En medio hay una gruesa columna y van dando vueltas a su alrededor jugando al corre que te pillo. Siempre que una parte de mí encuentra la palabra adecuada, la otra parte no puede alcanzarla ...esto nos sucede a todos, le responde él.”
En este pasaje adolescente surgen los impasses ante ese real que introduce la pubertad. Es allí donde manipular el cuerpo del otro bajo formas diversas: ninguneo, agresión, exclusión, injuria les permite poner a resguardo el suyo.
Para eso hay que designar un chivo expiatorio y destacar un rasgo que lo diferencie. Esta víctima designada, nos recuerda Guy Briole (2015), debe ser culpable de ser extranjero o diferente. “Estos dos calificativos funcionan tanto para el interior como para el exterior, de la ciudad, del país, de una comunidad más restringida”. Este sacrificio está fundado en un imperativo de satisfacción que le suponemos al otro y que no es otra cosa que ese ¡Goza! , principio del funcionamiento del ser hablante.
La crueldad del bullying persigue golpear y destruir esa diferencia que se le imputa a la víctima y que deviene, para algunos, insoportable porque confronta a cada uno con una doble tarea. Por un lado la asunción de su sexualidad y por otro encontrar un lugar en ese nuevo mundo que sucede a la adolescencia.
Orientarse sexualmente no resulta fácil en un tiempo en que las referencias normativas clásicas están en declive. Pero esa diversidad es vivida en la adolescencia como desorientación. Imputar al otro rasgos afeminados, como algo negativo cuando se trata de un varón, o ser una “estrecha” o por el contrario una puta, si se trata de chicas, es una “fórmula” para evitar la soledad con la que cada uno y cada una deben afrontar el encuentro sexual. Localizar en el otro la dificultad le ahorra a uno preguntarse por la propia.
El caso de Ángela nos enseña algo sobre el bullying como reactivo a este enigma inquietante de lo sexual. Adolescente de 14 años de origen latino, destaca por su carácter provocador, tanto en lo relativo a su sexualidad como en el desafío que sostiene con sus iguales, especialmente con las chicas. La pequeña de tres hermanos (ellos varones) vio, hace unos meses, como era desalojada de esa posición de “la niña” en beneficio de un nuevo hermanito que ocupa ahora los desvelos de la madre y del padre.
Este hecho ha tenido sus consecuencias, junto a otros como su identificación particular a una tía paterna, residente en su país y conocida por su carácter peleón. El padre, que vive en casa desde hace un par de años, está atravesando un periodo de crisis en la relación a la esposa y en su inserción social. Hombre poco expresivo ha dejado siempre en manos
de su esposa y de su suegra la crianza de los hijos. Los tres mayores, incluida Ángela, han hecho lo posible por despertarlo, con sus comportamientos provocadores, algunos con consecuencias legales (robos, agresiones) todavía pendientes.
Ángela, un tanto aniñada y menuda, se ha disfrazado de chica sexi y ha colgado las imágenes en un fotolog que, “accidentalmente”, ha consultado el padre y la madre. Paralelamente se ha metido en varias peleas callejeras, liderando un grupo de chicas latinas muy agresivas. Sus educadores de medio abierto y sus tutores escolares la aprecian por su inteligencia y por su capacidad de razonar y argumentar, si bien empiezan a pensar que hay algo, para ellos, intratable en el ámbito educativo. Piensan que la “atracción de la sangre” puede más que su persuasión. La idealización que Ángela hace de su hermano mayor, pendenciero pero excelente cantante de éxito local, se erige como un obstáculo entre los ideales educativos y los intereses actuales de la chica.
Ella confiesa que se pelea porque “no soporta –dice- a las chicas flojas”. Es su manera de nombrar lo insoportable. Por eso prefiere estar en primera fila, en los conciertos del hermano y en las peleas con otras chicas. Relata, con orgullo, una fiesta de aniversario de un amigo en la que el resto del grupo le daba correazos como signo de solidaridad y evocación del castigo físico, frecuente en su ámbito familiar.
Junto a esta vertiente más viril y violenta, aparece, en las sesiones, su lado femenino: observa a su madre –muy femenina- y copia gestos, maneras de vestirse y arreglarse. En las entrevistas que tenemos con ella es a esa división, que ella experimenta entre la identificación viril y la
pregunta por la feminidad, a la que señalamos para ir introduciendo, no sin dificultades y reticencias iníciales, una conversación sobre su presente y su futuro. Más allá de los ideales, y de los propios imperativos, se trata de apuntar a la causa del deseo.
Mantener abierta la pregunta sobre su feminidad produce los primeros efectos, que se traducen en una confirmación de sus buenos resultados escolares y en un distanciamiento de estos actos de provocación a las chicas, lo que no deja de producirle cierto alivio. Ella misma decide apuntarse a un taller de maquillaje con la condición –relevante habida cuenta la inactividad del padre- de que él la recoja a la salida para “evitar así malos rollos con las chicas de la calle”. Articula aquí su investigación de la feminidad con el trabajo de reanimación del padre.
La escena del acoso: la extraña pareja...
En el bullying se acosa la subjetividad de la víctima, lo más singular que tiene. Esa singularidad es leída por el grupo como signos extraños si bien, como hemos visto, se trata de asuntos familiares para cada uno. Por ello muchos acosadores ya vivieron, como acosados, esas escenas de humillación que ahora tratan de borrar a costa del otro.
Una breve viñeta nos ilustrará acerca de la posición subjetiva de una joven acosadora que no renuncia a la agresión física. R es una adolescente de 14 años, traída a la consulta por los padres a raíz de una denuncia de la escuela por haber liderado un grupo de seis chicas que han mantenido un acoso y agresión a una compañera. Se presenta con un aspecto sexualmente ambiguo resaltando los signos masculinos (pelo corto, imagen desaliñada y desprovista de todo signo de feminidad, lenguaje procaz) y una actitud desafiante.
La pequeña de tres hermanos, perdió al padre hace cinco años -murió de manera traumática en un accidente de tráfico - y en la actualidad la madre convive con un nuevo compañero que tiene a su vez tres hijos de un anterior matrimonio y desde hace siete meses la pareja tiene una hija en común.
Esta pérdida del padre supuso un golpe importante para R, una decepción, ya que ella tenía para él un valor especial (sus otros hermanos eran varones y el padre había insistido en tener una hija). La relación con su padrastro ha sido muy complicada y marcada siempre por una tensión agresiva y por un rechazo manifiesto. La nueva configuración familiar le ha supuesto quedar relegada a un lugar secundario ante la incorporación de los tres hermanastros (todos varones) y el reciente nacimiento de la hermana.
La elección de la víctima del acoso viene condicionada por los rasgos muy femeninos que presenta la chica-víctima: de origen extranjero, actúa con cierto desparpajo sexual ante los chicos y manifiesta en ello satisfacción y también docilidad ante sus peticiones. Esto a R le resulta intolerable, no soporta que esta chica consienta a una cierta posición de objeto causa del deseo de los chicos. Destaca uno de los signos más evidentes de su versión femenina: el pelo de la chica, que luce como trofeo fálico (una larga melena morena) y que contrasta con el desaliño del pelo de R a lo garçon. Es por esto que en la paliza que le propinan, y que da lugar a la denuncia, R. tiene especial interés en cobrarse el trofeo y la rapa al cero.
En su relato de los hechos se aprecia con claridad las dificultades de R para encontrar una versión de la feminidad, un semblante sexual para ella.
La posibilidad de un encuentro sexual, aunque solo sea una relación “de salir”, es inimaginable para ella. La versión con la que cuenta no le permite, por el momento, otra salida que una identificación viril con un fuerte rechazo a la alteridad del sexo, a la diferencia que implica ser mujer.
El bullying genera, en su tipología ideal, una extraña pareja que comparte una experiencia siniestra: los signos extraños no son ajenos a ninguna de las partes, suenan a familiares. Tornan a cada componente de la pareja del bullying solidario con el otro. Este malentendido inconsciente que empareja al elemento actuador (agresión) con el inhibido (falta de respuesta del agredido) reclama ser elaborado, más allá del trabajo de evitación de las conductas, en un relato comprensible. La polaridad entre la actividad del acosador, que apunta a algo del acosado que flojea, y la inhibición de éste es una clave esencial en  la lectura de la fenomenología del acoso.
Esa extraña pareja se forma pues alrededor de algo opaco, desconocido para ambos. Lo que comparten es la angustia que para uno toma la forma del acto de acoso, como falsa salida, y para el otro se manifiesta como inhibición, vergüenza que le impide responder y le deja con un nudo en el estómago como a la protagonista de la novela de Laura Fernández, La chica zombie: “Se limitó a abrir la puerta, subir al ascensor e intentar deshacerse de aquel nudo que tenía en la garganta. Pero el nudo no iba a irse a ningún sitio. Iba a quedarse ahí, como un aspirante a pirata dispuesto a conservar su par de ojos. A ratos incluso le dolería. Para entonces ya no sería rabia. Tampoco sería pena. El nudo simplemente estaría ahí. Y Erin tendría la sensación de que estaba creciendo. Aquella
cosa, cualquier cosa, allí dentro. Cada vez más grande”
...... y los mirones cómplices
La extraña pareja del acoso no es solitaria, incluye dos elementos más. Por una parte el público al que va dirigido el espectáculo que protagonizan. Un público diverso que incluye a los iguales que contemplan la escena, a veces mudos pero siempre cómplices. Por otra parte está el Otro adulto al que esa escena se dirige en última instancia.
En ese ternario los testimonios de los espectadores resaltan su deseo: callar y aplaudir para no ser víctimas, ellos también. El pánico de verse segregados de ese espacio compartido (pandilla, círculo del patio, chat,..) y de los beneficios identitarios que conlleva, hace que tomen posición para ser “normal, uno como los demás” por temor a ser rechazados.
Hoy el acoso se extiende a las redes sociales bajo la forma del ciberbullying. Allí la escena se multiplica poniendo de manifiesto la fascinación de la mirada como fuente privilegiada del goce de mirar y ser mirado, como ocurre en la viralización de las filmaciones de palizas a la salida de la escuela. Nos conmocionan por la brutalidad misma de la crueldad ejercida, pero también por la difusión en las redes sociales y por la inhibición de los testigos. ¿Se trata de una aprobación de la agresión, de un miedo insuperable, de un goce del espectáculo o de una mera indiferencia ante el dolor de la víctima? Es posible que varias de estas razones cuenten para los presentes. Törless, testigo de la violencia sobre Basini en la novela de Musil, Las tribulaciones  del estudiante Törless, asiste impávido, molesto y al tiempo fascinado sin saber si es por la crueldad de los acosadores o por la falta de coraje de la víctima.

La figura del testigo resulta clave en la escena: su mirada añade un plus de goce al recrearse en la crueldad y el dolor del otro sin por ello implicarse en el cuerpo a cuerpo, concediendo protagonismo al agresor por la viralidad de las imágenes. Por otro lado inhibirse, haciéndose cómplice del fuerte, asegura a cada uno imaginariamente su inclusión en el grupo dominante y evita ser excluido de él por friki o pringao.
Adultos difuminados
La escena del acoso tiene su trasfondo en el mundo adulto, el de los docentes y los padres. Ellos raramente asisten a esa representación en directo, pero eso no quita que estén convocados para sancionarla. Los testimonios hablan de silencios, ausencias, pero también de presencias, intervenciones y compromisos. Adultos difuminados como efecto del eclipse de su autoridad.
Esa cierta orfandad favorece la identificación al lugar de la víctima, al “Todos víctimas” como un nuevo lazo social que se propone en nuestra época para tratar el traumatismo, inherente al ser hablante. Todos tenemos una vergüenza con la que vivir y cuya tentación de desconocer es grande y marca lo que Miller (2011) nombra como “la ley de la victimización inevitable del yo”.
El silencio y la ceguera ante esa escena cruel se suma, en ocasiones, al doble rostro del acosador, seductor y maltratador, que le permite hacer reír a los demás al tiempo que pasa desapercibido ante los adultos que, en muchas ocasiones, lo toman por un bromista.  Nao, la protagonista de El efecto del aleteo de una mariposa en Japón novela de Ruth Ozeki, lo narra con pesar: “Y si papá, por casualidad, se hubiera vuelto para

saludarme, le habría parecido una broma sana, habría pensado que yo tenía muchos amigos divertidos que me rodeaban y se habría quedado tranquilo al ver que era tan popular y que todos se esforzaban para ser simpáticos conmigo”.
Abordar el acoso implica acompañar a esos adolescentes en su recorrido y para ello hace falta la palabra y sobre todo poner el cuerpo. Estar allí para dar testimonio, como adultos, de lo que para cada uno supuso ese delicado tránsito, de sus dificultades y también de sus invenciones. Estar allí es abrir los ojos y escuchar no sólo lo que ellos pueden contar, sino atender a las muestras de ese sufrimiento subjetivo que tan bien recogen los testimonios literarios: soledad, insomnio, tristeza, humillación, temores, sentimiento de culpa.
Eric Laurent (2004) en su lectura del texto de Heidegger “Serenidad” (Gelassenheit) indica cómo esa nueva autoridad no debe sustentarse en los ideales universales sino más bien en el punto de apoyo que cada uno toma en su síntoma particular. Testimoniar quiere decir mostrar en los actos, en las prácticas y en los textos otro saber, distinto del conocimiento académico, un “saber hacer” con su síntoma y con la vida, un estilo a transmitir.

Referencias
Briole, G. “Le pharmakos au XXIe siècle”. En Lacan Quotidien n° 517. 19 de junio de 2015. Consultado el 23/6/2015
ver online”. Traducción castellana en: ver online
Lacan, J. (1967). El Seminario. Libro 14. La lógica del fantasma (1966-67) Inédito. Una transcripción en castellano se puede consultar en: ver online
Lacan, J. (2014). El Seminario. Libro 6. El deseo y su interpretación (1958-59). Barcelona: Paidós.
Laurent, E. (2004). "La sociedad del síntoma", Revista Lacaniana de Psicoanálisis, Nº 2, BBAA: EOL.
Miller, J.A.  (2011). Donc La lógica de la cura. Buenos Aires: Paidós.
Ubieto, J. R. (ed.) (2016). Bullying. Una falsa salida para los adolescentes. Barcelona: Ned ediciones.
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